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El burladero

UN FLECHA (Fugitivo) EN UN CAMPAMENTO.

21 Mayo 2017 , Escrito por lacosanostra

Hace unos días descubrí, en el cajón inferior de un viejo armario del pueblo, el uniforme de mi primera y única experiencia en un campamento de la OJE (Organización Juvenil Española). En aquel año de 1965 yo tenía once años y estudiaba primero de Bachillerato en el colegio San Agustín, situado junto al estadio Santiago Bernabéu. Una de nuestras asignaturas se llamaba Formación del Espíritu Nacional, en la que éramos convenientemente adoctrinados sobre las bondades de los principios del Movimiento Nacional, bajo la consigna de “Vale quien sirve” y a cuyo profesor escuché por primera vez hablar de la OJE, un remedo de los Boy Scout, organización juvenil fundada por el militar británico Baden-Powell con la finalidad de buscar el desarrollo físico, espiritual y mental de los jóvenes. La OJE fue fundada en 1960, procedente de las “Falanges Juveniles de Franco” y encuadrada en la Delegación Nacional de Juventud. Intentaba educar a los jóvenes en valores como el compañerismo, la camaradería o la lealtad, dentro de una organización jerarquizada en la que el respeto y la obediencia a los mandos debía asumirse como un dogma.

La foto se hizo en aquel campamento de verano y para realizarla se requería la ayuda de dos o tres voluntarios que sujetaban la sábana que servía de fondo para los retratos. Nos colocábamos seis “flechas” en cada foto y luego se cortaba para que cada uno tuviera la suya de recuerdo. Una pena porque me hubiera gustado ver la foto de grupo con el resto de compañeros. Como yo estaba situado en uno de los extremos se puede ver el final de la sabana y al muchacho que la sujetaba. En mi cara se intuye una mezcla de asombro, temor y cachondeo por una experiencia que resultaba ajena por completo a todo lo que había vivido hasta ese momento, que no era mucho por cierto. Esa vivencia marcaría mi carácter rebelde y poco propenso a aceptar las reglas establecidas.

Todo comenzó cuando mi tío Julian, que tenía un cargo político importante, le propuso a mis padres inscribirme junto a su hijo Tomás en un campamento de la OJE, durante el mes de julio, situado en un pequeño bosque, junto al río Nora, cercano al pueblo asturiano de Pola de Siero.

Me compraron el uniforme completo: camisa caqui y pantalón corto marrón, cinturón de hebilla dorada con yugo y flechas en relieve y unas botas de tela verde caqui, además de la boina verde oscura, que era lo que más molaba. Ya era un “flecha”, el escalón inferior del cuadro de mandos.

Mi tío nos llevó hasta el pueblo asturiano en el que vivía un buen amigo suyo, en una gran casa con piscina. Pasamos con ellos un divertido día. Nos bañamos, comimos y descansamos viendo la tele hasta que, a última hora de la tarde, nos llevaron al cercano campamento, que estaba solitario aún. El resto de muchachos se incorporaron el día siguiente, por lo que esa noche dormimos en las dependencias de la cocina, junto a los cocineros. Aquella fue la primera noche que dormí fuera de mi casa, alejado de mis padres y hermanos. Me sentí inquieto pensando en que me esperaban veinte días en aquel lugar extraño, lo que para un niño podía llegar a ser una eternidad.

Por la mañana llegaron todos los chicos y fui descubriendo lo que significaba la palabra disciplina, ordenes, formación en filas y programación del día. Debía compartir una pequeña tienda de campaña con otros cinco compañeros, dormir en un saco, levantarme temprano, hacer largas marchas, ejercicios agotadores, comer en grupo sin poder levantarme del comedor hasta terminar de comer el menú que tocara, aunque no fuera de mi agrado, pero lo peor de todo fue descubrir lo que era una letrina. Aquello era demasiado para una primera experiencia fuera de casa y el segundo día decidí que todo eso no iba conmigo. Acostado en mi saco tracé un plan para escapar de aquella jaula sin ser descubierto. Nadie podía retenerme en contra de mi voluntad. El río pasaba cerca de las tiendas y debía atravesarlo para lograr mi propósito, ya que la única entrada al campamento era a través del puente. Estábamos rodeados por la montaña y el bosque. En el comedor no se pasaba lista a mediodía y era fácil ausentarse sin que nadie se percatara. Ese era el mejor momento para la fuga, cuando todos estaban comiendo excepto los “flechas” que hacían guardia en sus puestos de vigía. Me ausenté del comedor fingiendo ir al servicio, pero me encaminé sigilosamente hacia las tiendas de campaña y entré en la mía. Había dejado hecha la maleta por la mañana sin que ninguno de mis compañeros sospechara nada. Con mi equipaje en la mano debía extremar las precauciones para no ser visto por nadie, ya que adivinarían mis intenciones al instante. Recorrí casi en cuclillas el largo trecho hasta el terraplén que bajaba hacia el río, procurando no ser descubierto por el vigilante del puente. Fueron instantes muy intensos en los que el éxito o el fracaso de la misión dependían de cualquier mínimo detalle. El azar fue el que dictó sentencia al serme favorable. El primer obstáculo estaba a punto de salvarlo. Me deslicé por la pendiente y sin quitarme las botas crucé el río pisando sus resbaladizas piedras y con el agua a la altura de las rodillas. Era un día soleado y caluroso que invitaba al baño, pero en ese momento lo único que deseaba era llegar a la otra orilla y emprender la marcha a toda velocidad. Aunque el vigilante del puente no me vio, sí lo hizo el que ocupaba el puesto más elevado del campamento, situado en una loma cercana, pero su voz de alarma no fue escuchada por nadie hasta un buen rato después, tiempo que aproveché para alejarme penetrando en la profundidad del cercano bosque, aunque sin perder de vista la carretera que conducía hasta el pueblo, Pola de Siero, mi primer objetivo. Cada vez que pasaba un coche por la calzada me escondía detrás de los árboles o me tumbaba en el suelo. Afortunadamente el tráfico era bastante escaso. No sé cómo pude recordar la calle y la casa donde vivía el amigo de mi tío, habiendo pasado una sola tarde en ella. Caminaba por aquel pueblo como si fuera algo normal ver a un chico de once años vestido con uniforme de la OJE, cargando con una pequeña maleta de cuero y mirando a todos lados para tratar de identificar la única casa que conocía. Gracias a mi buen sentido de la orientación y buena memoria llegué a la casa y llamé con decisión a su puerta. La chica de servicio me abrió con cara de asombro y fingió creerme cuando le expliqué que me habían dado permiso y que me iba unos días a Madrid en el próximo tren, pero que, mientras llegaba, me gustaría esperar en la casa. El matrimonio me acogió con cariño, ofreciéndome una buena merienda mientras veía la televisión en su salón. Como es lógico llamaron al campamento, sin que yo me enterara, para comunicarles mi paradero. Se presentaron en veinte minutos y cuando vi aparecer al jefe del campamento salí corriendo a encerrarme en el cuarto de baño. Tardaron más de una hora en convencerme de que se habían marchado los que vinieron a buscarme y de que cumplirían la promesa de llevarme a la estación para coger el tren de Madrid. Finalmente abrí la puerta, miré con precaución hacia los lados y, al no ver moros en la costa, me encaminé hacia el salón. Me estaban esperando agazapados tras una cortina y se abalanzaron sobre mí para atraparme a traición. Me prometieron que lo pasaría muy bien y emprendimos la vuelta al campamento en el coche del jefe. Cuando llegamos era ya de noche, pero todos los chicos del campamento estaban esperando mi vuelta y me recibieron con admiración y alegría. Al día siguiente fui nombrado capitán del equipo de voleibol y pasé unos estupendos veinte días entre marchas, fuegos de campamento y competiciones deportivas.

Esa fue mi primera y única experiencia en un campamento de la OJE y desde entonces mi tío me llamo siempre cariñosamente el “Fugitivo”

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