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El burladero

HISTORIA DE LA PUCHERA DE RIAZA

14 Junio 2014 , Escrito por lacosanostra

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             La dedicación a los temas de salud ha sido una constante en las dos ramas de mi familia. Por el lado paterno formo parte de la cuarta generación de médicos, en su mayoría rurales con gran vocación de servicio público. Por parte materna muchas más generaciones han dado forma a la rama farmacéutica que prolonga sus raíces hasta los inicios del siglo XIX, cuando D. Frutos Sanz Agudo, bisabuelo de mi abuelo, inaugura esta saga de boticarios en el serrano pueblo segoviano de Riaza.

D. Frutos se instaló como farmacéutico en Riaza entre los años 1810 y 1815, poco después de terminadas las guerras napoleónicas, durante la época de la primera constitución española elaborada por las cortes de Cádiz (la Pepa) y la restauración de Fernando VII en el trono. Eran años de intenso ajetreo político y luchas ardorosas contra los invasores franceses, que dejaron un pueblo empobrecido y agotado. Las carencias en la alimentación, el hacinamiento en pobres y frías viviendas y las fatigosas tareas en el campo, dieron origen a numerosas y graves enfermedades que diezmaron la población. De entre todas aquellas enfermedades destacaban las que se conocían con el nombre de fiebres tercianas y cuartanas. Se trataba de enfermedades infecciosas de fácil transmisión y que ocasionaban una enorme debilidad derivada de las altas fiebres que ocasionaban. Estas fiebres tenían un pico de subida cada tres o cuatro días, de aquí su nombre, y en numerosas ocasiones causaban la muerte de los más débiles, niños y ancianos especialmente.

Preocupado por este tema, D. Frutos investigó durante años algún remedio eficaz para paliar esta temida enfermedad. Tenía muy buenos conocimientos de botánica y comprendía bien las cualidades febrífugas de algunas plantas. Indagó especialmente  las propiedades de la corteza del quino. Tras numerosos ensayos y mezclas consiguió elaborar un electuario cuya base principal la constituía la pasta obtenida de machacar en grandes morteros la mencionada corteza de quino. La mezcló con otras sustancias que mencionaremos más adelante y a todo aquel preparado le añadió miel blanca y agua destilada. Tras comprobar en algunos enfermos del pueblo su gran eficacia para combatir las fiebres malignas, se decidió a comercializarlo para que pudiera llegar a todos los rincones del país y poder así salvar muchas vidas aliviando los efectos de aquella terrible plaga.

Envasó D. Frutos su fármaco en un tosco puchero de barro que tenía solamente un asa y contenía la cantidad necesaria para un solo enfermo. Se empezó vendiendo en el pueblo y en los alrededores con el nombre de “Electuario febrífugo”, aunque pronto sería conocido con el popular nombre de “La puchera de Riaza” con el que fue adquiriendo fama en todo el territorio nacional, a medida que se fueron percibiendo sus propiedades beneficiosas contra la enfermedad.

Según expertos historiadores puede considerarse este “Electuario febrífugo” como el primer específico elaborado en España. Este preparado fue objeto de estudio en el Primer Congreso Lusoespañol de Farmacia celebrado en el año 1948, que editaría un folleto sobre este tema titulado “Anecdotario de la Puchera de Riaza”. En el mismo, entre otras conclusiones, se afirmó lo siguiente:

“Fue D. Frutos Sanz Agudo el que allá por el año1820, preparó un electuario utilizando como base la Quina Calisaya, que sería famoso entonces por sus resultados y hoy es, profesionalmente, más famoso todavía, por constituir el nacimiento de la especialidad farmacéutica nacional”.

Una afirmación tan rotunda como ésta debe llenarnos de orgullo a todos los descendientes de este gran hombre, al que debemos reivindicar como el padre de la especialidad farmacéutica nacional, nada menos.

Es curioso leer el prospecto que escribió D. Frutos para adjuntar a cada una de sus pucheras, en el que precisaba la manera en que debía tomarse el producto, junto con otros jugosos y sugerentes consejos. Decía lo siguiente:

 

 

 

ELECTUARIO FEBRÍFUGO

Método administrativo

 

 

Por la mañana, en ayunas, una cucharada regular disuelta en un cortadillo de agua; a las dos horas unas yemas claras con azúcar, o bien sea chocolate, o caldo; a las diez otra en los mismos términos; al mediodía se come moderadamente no habiendo calentura, y si la hubiere se toma un caldo, y otro a las dos; a las cuatro otra toma; a las ocho de la noche otra cucharada del mismo modo. Cenará a las diez, si no tiene calentura, con moderación y alimentos sanos; y teniéndola, un caldo y otro mas tarde. Seguirá así todos los días hasta acabarlo, teniendo cuidado de enjuagar la vasija en que lo lleva con un vaso o dos de                                   agua, según las tomas que se conceptúe se han pegado a las paredes de ella, y tomarlas cuando corresponda, por ser muy esencial tomarlo todo. Procurará guardarse del frío, especialmente de mañanas y al atardecer; no comerá picantes ni salados; se abstendrá de los ácidos, como limón, vinagre, etc., mientras lo tome y algunos días después. Los mejores alimentos son el buen carnero, aves, arroz y pesca fresca (no siendo cangrejos); y haciéndolo así y tomándolo todo sin dejar nada, como va dicho, recobrará la salud (Dios mediante) como la experiencia lo tiene acreditado en todos cuantos han usado de él.- EL PROFESOR.

 

Es para un enfermo sólo.

Pagó 26 rs. Y 16 mrs. Con vasija y papel.

 

 

La Puchera carecía de etiqueta e iba cerrada con una tapa de papel blanco de hilo apergaminado, pegada a sus bordes con engrudo y atada con bramante. Esta tapa ostentaba el sello del autor.

Revisada la prensa de aquella época no se encuentra ningún anuncio de La Puchera. No hizo falta propaganda alguna, pues la fama la fue adquiriendo a medida que se propagaban sus magníficas curaciones, pasando de pueblo en pueblo siendo reclamada tanto por médicos como por enfermos. Se podía encontrar ya en la mayoría de las boticas de la comarca y de casi toda la provincia de Segovia. Los arrieros de Riaza la fueron llevando tanto a la capital como a las principales ciudades de las provincias limítrofes. Muy pronto se fue extendiendo su fama por sus espectaculares resultados, de tal forma que todos aquellos que ejercían el comercio ambulante la llevaban en sus carromatos, a lomo de la reata. Quincalleros y buhoneros la pregonaban casa por casa hasta llegar a los últimos rincones de España. Se vendía mucho más y mejor a través de este comercio ambulante y popular que en los despachos de farmacia, que en aquella época eran totalmente ignoradas por las clases obreras y campesinas. Junto a los paños, puntillas, peinecillos, medias de colores y toda la gama de chucherías y baratijas que llevaban los marchantes de la ciudad al caserío, iba viajando La Puchera. Junto a ella se vendían también otros remedios salidos de manos de brujas y curanderos, en los que gran parte del pueblo tenía una fe ciega, dándose el caso de que muchos de estos vividores del cuento gozaban de gran fama en extensas comarcas. Todo tipo de bálsamos, emplastos, estopadas, ungüentos, aguas milagrosas para los ojos y otras para quitar el mal de ojo, aplicados previo exorcismo, eran propagados a voz en grito por estos chamarileros. A pesar de todos estos brebajes, hijos de aquel intrusismo soez y supersticioso, una especialidad genuinamente farmacéutica pudo destacar y hacerse un hueco en aquel competido comercio, con una bien ganada y justa fama.

La aplicación terapéutica de La Puchera está bien definida por su composición y por el nombre que el autor la designó. El apogeo de su fama debió ser allá por los años 1860-65, periodo en el que su uso estaba mas generalizado y era el verdadero específico para el tratamiento de fiebres tercianas y cuartanas, así como pulmonías y afecciones de tipo febril tan abundantes entonces.

Se contaban casos de curaciones casi milagrosas en enfermos ya desahuciados por sus médicos, que en principio desconfiaban un poco de este remedio ya que la mayoría desconocía su fórmula.

Dicha fórmula, en efecto, ha sido mantenida en secreto durante generaciones entre los familiares y sucesores en la farmacia de D. Frutos. Esta fórmula fue finalmente facilitada por el último descendiente de la familia Álvarez que ejerció en Riaza, llamado D. Tomás Angulo, para unos trabajos que el Dr. Blanco Juste publicó referentes a La Puchera.

 

 

La fórmula es la siguiente:

 

  • Sulfato ferroso: siete gramos.

  • Carbonato amónico: siete gramos.

  • Carbonato potásico: catorce gramos.

  • Quina Calisaya: noventa gramos.

  • Miel blanca: doscientos gramos.

  • Agua: ciento sesenta gramos.

     

    Esta fórmula difiere bastante de la que apareció en la quinta edición de la Farmacopea Española, con el nombre de “Electuario de Quina ferruginoso” (vulgo Riaza).

    La preparación de La Puchera se efectuaba con gran cuidado y constituía todo un rito; en ella no intervenían mas  que los familiares del farmacéutico, temerosos, sin duda, de que les fuera arrebatado el secreto de la composición y el modo de prepararla. El matrimonio Sanz, ayudado por alguno de sus hijos, trabajaban en un amplio laboratorio que constaba de dos departamentos contiguos. En el primero de ellos se encontraba lo que podíamos denominar el almacén. Tenía grandes tinajas repletas de miel junto a enormes fardos de corteza de quino y zafras que contenían los otros productos para completar la fórmula. En el segundo departamento estaban instalados los hornillos y las grandes ollas donde se verificaba la cocción y mezcla, así como el envasado y precintaje. Estas dos estancias quedaban cerradas con llave mientras se preparaban las partidas de electuario necesarias para atender la demanda. Esta manera de trabajar con tanto sigilo y precaución tenía su fundamento, pues era muy apreciada la composición del preparado y codiciada por más de uno que deseaba sacar partido de la misma. De hecho ocurrió con una ladina criada que, al no poder hacerse con la fórmula, llevó a cabo una burda falsificación, de cuya rapacería, en complicidad con algún desaprensivo traficante, sacó pingües beneficios. Pero no fue precisamente el perjuicio económico causado por la sirvienta lo que mas perjudicó a La Puchera, sino el descrédito que le proporcionó la mal preparada imitación. Si a este hecho sumamos que, ya a finales de siglo, muchos vendedores ambulantes, no pudiendo atender las numerosas peticiones que tenían y, llevados por su ambición, mezclaban con más miel el preparado original, llenando con ello pucheras usadas. De esta forma multiplicaban sus existencias, vendiendo cada una de ellas al precio marcado de “6 reales y 16 maravedíes con vasija y papel” y mas tarde por su equivalencia en pesetas y reales, como rezaba el prospecto que falsificaban igualmente.

     

    Pero el mayor enemigo de La Puchera fue sin duda su falta de evolución en el tiempo. No se renovó su fórmula ni se modificó apenas su antiguo envase, siendo la ciencia y los nuevos procedimientos los que acabaron por arrinconarla y enterrarla.

     

    Pero volviendo al relato de los orígenes conocidos de la familia, no tenemos muchos datos al respecto, pero sabemos que D. Frutos no tuvo descendencia masculina y su única hija se casó con el que sería un buen continuador de su labor. Se llamaba D. Cándido Álvarez y era un farmacéutico que procedía de Ávila y que probablemente habría estudiado su carrera en Madrid. Compartió con su suegro, durante algún tiempo la botica de Riaza de quién aprendió la elaboración y formula de la ya famosa Puchera a la que posteriormente mejoró su presentación al envasarla en una orza vidriada con dos asas, que fue muy apreciada posteriormente. También mejoró su distribución y aumentó su producción, por lo que debieron ser tiempos de abundancia y opulencia para la familia. Ejerció a mediados de siglo, hasta los años setenta aproximadamente. Se mejoraron las instalaciones del laboratorio, tanto para almacenar las materias primas como para elaborar el producto. Grandes morteros, alambiques, calderas, redomas, serpentines para la destilación del agua y la cocción de los ingredientes. Todo aquel material era cuidado y vigilado celosamente por el encargado que prestó sus servicios en la casa durante muchos años y al que apodaban el tío “Cororo”.

    En el último tercio del siglo D. Cándido fue sucedido en la farmacia por su hijo Luis Álvarez Sanz, que se casaría mas adelante con Petra Rodríguez Sensano. Este hombre, padre de mi abuelo Félix, fue una persona extraordinaria, según todos los que le conocieron. Continuó la labor de sus antepasados al frente de la farmacia de Riaza, en la última etapa de La Puchera, ya muy decaída y desprestigiada por todos los factores ya mencionados. Pero mas que por sus dotes de farmacéutico, D. Luis fue conocido y muy querido por todo el pueblo por ser una persona virtuosa y gran benefactor de todas las gentes, especialmente de los pobres y necesitados. Acudían con frecuencia a él sabedores de que siempre atendía sus peticiones. A todos auxiliaba y regalaba, tanto con medicamentos para aliviar enfermedades, como con dinero o alimentos a los indigentes. Tanto es así que a su casa de la botica la bautizaron con el nombre cariñoso de “la Gloria” o “el Cielo”, pues todo el mundo era bien atendido en ella. Hizo infinidad de obras de caridad y según relatan los que le conocieron, murió en “Olor de Santidad” el 28 del XI de 1905, por causa de una pulmonía.

    A la muerte de su padre D. Félix continuó al cargo de la farmacia de Riaza hasta 1915, año en el que se marchó al pueblo de su mujer, dejando la botica a cargo de D. Tomás Angulo, marido  de Carmen. D. Félix abrió un nuevo despacho de farmacia en Cebolla, pueblo de la provincia de Toledo donde vivía su mujer María de la Vega, a la que conoció durante los veranos que ella pasaba en la casa de su hermano, el notario de Riaza.

    El periodo en el que, primero D. Félix y después D. Tomás regentaron la farmacia de Riaza abarca desde 1905 hasta 1959. Más de medio siglo XX repleto de grandes acontecimientos y convulsiones nacionales e internacionales. Casi toda esta dilatada etapa coincidió con una época de enorme depresión económica en la comarca de Riaza. Ya se había dejado de vender “La Puchera” muchos años antes y la mayoría de los clientes, tanto del pueblo como de los lugares próximos, Riofrío de Riaza, Martinmuñoz, Cincovillas, Aldeanueva del monte y otros, eran igualados (pagaban en especies una  cantidad mensual a la farmacia a cambio de medicamentos) o bien pertenecían a la beneficencia municipal. Solo una pequeña parte de la población, especialmente en verano que aumentaba de forma espectacular, eran clientes particulares, de los que pagaban en metálico. Por tanto se acabaron aquellos buenos tiempos en los que las grandes ventas de La Puchera llenaban las arcas de sus propietarios.

    Las igualas daban derecho a suministro farmacéutico gratuito de todas las fórmulas magistrales recetadas por los médicos y que debían preparar los boticarios en su laboratorio, pero no incluían los específicos, que entonces todavía tenían carácter extraordinario.

    Los servicios farmacéuticos que se daban a los comprendidos en el padrón de beneficencia municipal tenían igualmente carácter gratuito y daban derecho a la adquisición de medicamentos preparados por el farmacéutico, previa petición del médico de APD. Tampoco se les suministraba específicos, salvo en casos muy necesarios, siendo cubiertos sus gastos por el ayuntamiento. Este pagaba al titular de la farmacia una cantidad mensual que casi nunca alcanzaba a cubrir los gastos ocasionados por los agraciados de la beneficencia. Las igualas se pagaban, generalmente, en especies, existiendo incluso algunas tarifas para estas (Centeno, trigo, patatas, etc., se entregaban por fanegas o celemines a cambio de los remedios)

    Por último hay que hacer mención del extraordinario botamen que adquirió D. Luis Álvarez para la farmacia de Riaza. Se trataba de                               un completo botamen de cerámica de Talavera, adquirido en el año 1870 y que aún se conserva en la farmacia de Cebolla, salvo tres ejemplares que fueron donados al Museo de Farmacia de la Facultad Complutense de Madrid, donde pueden verse hoy en día.

    La farmacia de Riaza fue traspasada en el año 1959, al jubilarse D. Tomás Angulo.

     

     

    Carlos Leopoldo García Álvarez

     

     

     

     

     

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Federico 08/22/2014 18:52

Tengo en mi poder el prospecto de la puchera de Riaza, firmado por al doctor Agudo...
Un saludo