40 años después
Me subo a una de esas máquinas del tiempo y coloco la manivela de Retorno al Pasado cuarenta años atrás. Una eternidad, una vida completa, un viaje a otra galaxia. De repente vuelve el gris, la oscuridad de luna nueva en la que no se reconoce a nadie. Yo no soy yo, un muchacho que comienza en la universidad sus estudios de Medicina en un país gris de guardias, de miedo, de agonías. Noviembre de 1975, una nación, un estado, un pueblo pendiente del parte médico diario en el que vamos aprendiendo términos médicos que nos perturban con su inquietante misterio: edema, retenciones, melena, insuficiencias. Describen el estado agónico de un viejo octogenario conectado a los hilos de un Estado agónico. Un mes atrás comenzaron las especulaciones; está enfermo pero es un catarro, una gripe, una neumonía. Mejora, empeora, cede la Jefatura del Estado a un joven rey aislado, ninguneado, bajo la sospecha de algunos de que pueda ser manipulado y de otros de que pueda sublevarse. Marruecos aprovecha la debilidad para ponerse en marcha y enviar sus tropas cobardes camufladas, escondidas, parapetadas entre una multitud de mujeres y niños que avanzan hacia el Sahara español. Marcha verde, marcha negra, marcha atrás de vergüenza. Noviembre transcurre alrededor de una cama en el hospital de La Paz en la que yace un abuelo conectado por mil tubos que salen de cada orificio de su cuerpo, para prolongar la agonía del Régimen. Pero su fecha de caducidad estaba escrita, según los augures de la época resultaba de la suma de dos fechas claves en la historia del dictador, al que no le gustaba meterse en política: el inicio de la guerra civil 18-7-36 y su final el 1-4-39 que sumaba exactamente la fecha de defunción 19-11-75. La hora oficial fue modificada aquella fatídica noche y retrasada para hacerla coincidir con la misma fecha de defunción del que fuera icono del Régimen, José Antonio Primo de Rivera, fusilado en Alicante el 20 de noviembre de 1936. Treinta y nueve años después los españoles despertamos con la esperada noticia que, con voz meliflua, anunciaba en televisión el lloroso pelota mayor del gobierno, Carlos Arias Navarro: Españoles…Franco…ha muerto. La gente acudió en masa, haciendo colas kilométricas alrededor del Palacio Real, más que para rendir homenaje al ilustre caído, para comprobar que realmente estaba muerto ese esperpento vestido de general, que había dejado todo “atado y bien atado”. No contó con que el sucesor real desataría el lazo que el difunto le había colocado al cuello. Una losa de diez toneladas y cuarenta años cayó sobre su ataúd en El Escorial, monumento a los caidos levantado a sangre y fuego por sus vencidos. Hoy, otros cuarenta años después, aquel recuerdo triste de la historia queda diluido entre la niebla y, aunque superado, es deber de los que lo vivimos procurar que no caiga en el olvido y que las nuevas generaciones lo tengan presente. Ya se sabe que los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo.
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