RENACIMIENTO
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¿Estoy vivo? ¿estoy soñando? Esto es lo primero que me he preguntado esta mañana al despertar. Tras quince días de padecimientos continuos hoy, día trece de enero, ha comenzado para mí el nuevo año. Dicen que cuando pasas de los sesenta, si amaneces sin dolores ni achaques o estás aun dormido o estas muerto. Yo, a punto de comenzar la séptima década de mi vida, me he tenido que pellizcar para comprobar que no me encontraba en ninguno de estos dos supuestos: ¡estoy vivo, despierto y no me duele nada! Debe ser un regalo anticipado de San Blas, el obispo que me protege por haber nacido en el día de su santo, un tres de febrero, cuando aún se decía aquello de que: “Por San Blas la cigüeña verás” en alusión a esas aves de gran tamaño, pertenecientes a la familia de las Ciconiidaes (para algo sirve la Wikipedia), que regresaban los primeros días de febrero, tras haber pasado el invierno en tierras cálidas del sur. Volvían a ocupar su viejo nido, en el campanario de la iglesia, que habían construido en su juventud y en el que habían criado a varias generaciones de pequeñas Ciconiidaes. Hoy ya no hay inviernos y a las cigüeñas les da pereza emigrar, por si se encuentran algún ocupa a su vuelta. Como iba diciendo, me he despertado este día trece con una duda existencial: ¿soy yo el mismo de las últimas semanas? No había ni rastro de la persistente tos que me despertaba hora tras hora, sintiendo que se me escapaban los pulmones por la boca. Tampoco estaba ahogado en mocos, podía sentir el aire entrando a través de mis fosas nasales. El grifo permanente, que expulsaba sin cesar ese fluido espeso, se había cortado. Los sudores fríos y la tiritona habían desaparecido. Podía recostarme sobre una sola almohada, sin necesidad de alzarme erguido encima de una montaña de ellas para poder respirar. El estómago y los intestinos se mostraban complacientes, habiendo cesado los retortijones y punzadas que me habían torturado sin piedad. Ni siquiera hallé rastro del hipo que, durante el último día, me mantuvo en vilo. No hay nada más desesperante que ese movimiento involuntario del diafragma, que se repite continuamente machacando las costillas y poniendo a prueba tu paciencia. Probé todo tipo de remedios caseros, consiguiendo vencerlo durante breves instantes, hasta que volvía a aparecer con más brío desarmando mi entereza. Llegué a perder la esperanza en la recuperación, a maldecir el nuevo año y a dudar de que pudiera cumplir alguno más. Sin duda los hados han tenido compasión de mí, haciéndome vivir un inesperado renacimiento, en el que he podido rememorar los años juveniles, aquellos en los que los únicos achaques eran los producidos por los desengaños del corazón, pero que no afectaban su funcionamiento. Los pilares de este renacimiento tardío no son ya los mismos, carcomidos por el implacable deterioro de los años, lo cual no impide la evocación de un tiempo pasado que no necesariamente fue mejor, salvo en lo tocante a los achaques derivados del desgaste de materiales.
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