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El Tajo es un corte, una hendidura, un hachazo que atraviesa la faz de la Península Ibérica de este a oeste. Una brecha de luz que siembra campos de trigo y verde sombra, que preña la tierra con generosa entrega, calmando la sed de sus centenarias piedras. Tajo de labor sin pausa, de faena cotidiana, de tarea. Tajo de trabajo. Mil kilómetros de vida, mil recodos de arboledas, cañaverales y juncos. El mismo que acogió en su regazo, desde Albarracín a Lisboa, a pueblos nobles, monumentales y regios. Aranjuez real, vestida de jardines palaciegos, donde las piraguas dibujan estelas en su cauce generoso. Beben patos y faisanes de este manantial noble y fecundo. En Toledo se derrama señorial y defensivo, ceñido a su cintura como soga, espada que brilla en acero bruñido, donde se mira el Alcázar y se reflejan sus torres de señorío. De la Sierra de Gredos bajan aguas bravías hacia el Jarama, el Alberche, el Tiétar y el Guadarrama, con borbotones feroces tallados en hielo y cristal. Madrid aporta también su aprendiz de río, un Manzanares de lavanderas, chotis y aguas milagrosas de la pradera del santo. Transita manso el Tajo camino de Talavera de la Reina y en él se vierte el Alberche para bañarse en sus vegas, donde la Virgen del Prado extiende su manto y vela por este pueblo de agricultores, ceramistas, comerciantes y artesanos. Este río dadivoso amamanta a sus retoños como Luperca romana y le da también su teta a la sedienta tierra murciana. Pero Murcia chupa mucho y está dejando sin leche a sus legítimos hijos, madrileños, castellanos y extremeños, que su prioridad demandan. De acuerdo, hay que ser generoso, altruista y bondadoso, repartir lo que te sobra, pero cuando hay escasez las primeras son mis bocas. Yo soy hijo del Tajo, en el que aprendí a nadar, y mis padres se bañaron en sus aguas de cristal. Hoy corre seco e inmundo, grasiento y hediondo de vertidos sin control, pueblos que no depuran vomitan en él sus miserias, sin que le pongan remedio los pertinentes organismos que custodian todo el medio. Si a todo esto se suma la prolongada sequía y esa transfusión forzosa a tierras de lejanía, tenemos un Tajo exangüe, reseco y agonizante. Defendamos nuestro río que es el pan de nuestros hijos, su futuro y el agua de nuestra tierra. Los murcianos a mamar de su teta que es Segura y si no a mirar al mar, a quitarle al agua la sal y a regar con ella sus frutas y verduras.
Carlos Leopoldo García Álvarez
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