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El burladero

Nihil obstat

14 Enero 2018 , Escrito por lacosanostra

 

Se despidieron chocando las palmas de sus manos, tambaleantes y alegres, con un “hasta mañana tío” en boca de Andrés, que sonó balbuceante y pastoso. Habían bebido más de lo conveniente en aquella cálida noche de fiesta en la que celebraron el final de su etapa de estudiantes y la próxima incorporación a sus puestos de trabajo como dentistas recién licenciados, inexpertos aún pero repletos de entusiasmo y ganas de poner en práctica lo que, durante estos años de madrugones y noches en vela, habían aprendido en la facultad. Fue una cena original en el restaurante que Juan había elegido tras consultar la aplicación de El Tenedor en su móvil, del no se desprendía jamás. Su nombre evocaba más un experimento químico o la toma de impresión para una prótesis que a un restaurante: “Mezclum”, en pleno centro de Madrid, rodeado de calles tomadas por turistas despistados, descuideros al acecho, jóvenes haciendo botellón y putas disfrazadas de putas. Ajenos a todo, sus cabezas revoloteaban de júbilo, como si en su interior estallaran miles de luminarias en fuegos de artificio que alumbraran momentáneamente un incierto pero esperanzador futuro. Los chistes y chascarrillos se enlazaban con la hamburguesa de salmón y el tartar de atún con salmorejo y guacamole recomendados por el chef. Afortunadamente contaban con el 40% de descuento promocional, lo que les dio para elegir un Marqués de Murrieta reserva del 2011, todo un homenaje para el paladar. La conversación se fue centrando en proyectos de futuro y en la ilusión que les haría el poder abrir algún día una clínica juntos, ya que sus dos especialidades se complementarían a la perfección, Andrés pensaba hacer un master en Periodoncia e Implantología y Juan el de Prótesis. Estaban convencidos de conseguirlo en un futuro no muy lejano, aunque dependería de lo que pudieran ahorrar en los próximos años ya que ninguno de los dos quería pedirle ese sacrificio a sus familias, que bastante habían hecho con pagarles la licenciatura. Un master decente podría superar los cuarenta mil euros, lo que les llevaría años de esfuerzos y privaciones. Hasta que llegara ese momento tendrían que trabajar para dos conocidas franquicias dentales que les habían contratado sin exigirles ninguna experiencia ni evaluación previa. Por desgracia estaban bastante  distanciadas una de la otra, lo que suponía el alejamiento de los dos amigos, Juan trabajaría en Leganés y Andrés en el barrio de Moratalaz, aunque esto no les impediría seguir viéndose con cierta asiduidad. Pertenecían a familias de clase media que habían tenido que apretarse el cinturón para costear sus carreras, ya que no eran hijos únicos, Juan tenía otras dos hermanas menores y Andrés era el cuarto de cinco hermanos. Por tanto eran conscientes de que, a partir de ese momento, debían tomar las riendas de su vida. Desde mucho tiempo atrás habían descartado la idea de arriesgarse en una costosa inversión para abrir una clínica propia, dada la enorme competencia que existía en el sector y las notables posibilidades de fracaso que supondría la aventura. Apuraron sus copas y se dieron un homenaje final saboreando una selección de dulces caseros que predisponían el ánimo para irrumpir a continuación en la mágica noche con posibilidades de éxito. Las calles del centro de Madrid eran una burbujeante fiesta en los primeros días de verano y las chicas con las que se cruzaron camino de la discoteca, alegres, despreocupadas y generosas, les hicieron soñar con un final feliz entre sus brazos. A pesar de que Juan era más apuesto, con su metro ochenta y cinco de estatura, bien proporcionado, musculoso, rubio y con aire de galán de cine americano, el que más ligaba era Andrés, menudo, delgado y provisto de una nariz aguileña próxima a la de Cyrano de Bergerac, que le había ocasionado muchos sinsabores en los sufridos años de pubertad, aunque él suplía aquel defecto con tal gracia y facilidad de palabra que encandilaba, entretenía y divertía a cuantas jóvenes se le acercaban. Era viernes y esa noche la discoteca que funcionaba mejor era la antigua Pachá, que ahora se llamaba Teatro Barceló, donde se encontraron con el pijerío más selecto, las tías más espectaculares y una música que hacía mover las caderas a los mismísimos seguratas. Se arrimaron como nunca, dejándose envolver por el ritmo endiablado, pero no ligaron, como siempre. Era difícil con cien mil decibelios encima de sus cabezas poder mantener una conversación, ni siquiera por señas. Con un pedo sublime se despidieron chocando las palmas al bajar del taxi que les llevó de vuelta a sus casas, vivían muy cerca el uno del otro.

El día uno de julio comenzaron sus trabajos con jornadas agotadoras, en las que apenas tenían tiempo para comer, descansar o echar un vistazo a sus respectivos smartphones. Un horario que superaba con mucho lo inicialmente pactado. Los días transcurrían con idéntica rutina sin que, durante algún tiempo se pusieran en contacto los dos amigos. Algunos sábados por la mañana les tocaba currar y, aunque hablaban varias veces por teléfono, no les quedaban energías para salir de marcha lo que quedaba del fin de semana. Juan era un muchacho meticuloso y perfeccionista en todo aquello que emprendía, ya fuera un juego, una receta de cocina o el trabajo diario. Cuando empastaba una muela necesitaba tiempo y tranquilidad suficientes para que los contactos, las cúspides y surcos quedaran perfectos. Desgraciadamente se fue percatando de que la agenda que le asignaban no se lo permitía. Debía prolongar su jornada laboral para poder atender a todos los pacientes citados, dejando algunos casos sin completar para continuarlos en las siguientes sesiones, algo que le fue reprochado desde la dirección del centro, con advertencia de despido si no agilizaba y concluía en el tiempo estimado para cada paciente. Les daba igual si el resultado no era el idóneo, lo importante era realizarlo a la mayor brevedad posible si quería seguir trabajando para la franquicia. Pasaron algunas semanas antes de que los dos amigos se citaran en la cervecería Santa Bárbara, en la plaza de Alonso Martinez, para compartir un buen rato junto a una cerveza bien tirada y un sabroso plato de gambas cocidas. A pesar de la alegría del reencuentro, Juan se mostró apagado delante de su amigo.

  • No aguanto más tío, esto no es lo que esperaba. Tantos años estudiando y aprendiendo cómo se deben hacer las cosas para que ahora te obliguen  a terminar una endodoncia en quince minutos o que te recomienden diagnosticar algunas caries más de las que has visto en la boca del paciente. Esto es una puta mierda y no estoy dispuesto a seguir tragando – bebía la caña con tristeza mientras fijaba la mirada en las servilletas tiradas por el suelo junto a restos de pan y huesos de aceitunas.
  • Lo que te pasa es que te comes mucho el coco y estas lleno de prejuicios, ¿Qué más te da hacerle dos o tres caries al paciente aunque no existan o decirle que va a perder una muela y que conviene ponerle un implante? Así cumples los objetivos y te llevas tu pasta que es de lo que se trata. Míralo de esta manera  Juan, si no lo haces tú vendrá otro para hacerlo en tu lugar. Tienes que verlo como un trabajo temporal que nos permite hacer manos y ganar la pasta suficiente para podernos pagar el master. Cuando tengamos nuestra clínica será diferente. – Estaba convencido de lo que decía sin aparentar remordimientos ni cargos de conciencia. Él no había diseñado esa manera de trabajar y, por tanto, no se sentía culpable de adaptarse a unas condiciones y unos métodos que no podía cambiar, aunque renunciase a su trabajo.
  • No me jodas Andrés, a mí no me enseñaron en la facultad a engañar a los pacientes ni a tener que pasar por el aro para que se lleve la pasta el jefe y te deje a ti las migajas. No me parece ético quitarle a un paciente una muela sana para ponerle un implante, aunque trates de justificarlo con absurdas explicaciones, es una cuestión de moralidad y nuestras familias nos han educado en la honestidad para tener la conciencia tranquila en todos nuestros actos. – Juan no podía creer lo que estaba escuchando de su amigo, al que creía conocer muy bien después de tantos años juntos.
  • Ya conozco el sermón de sobra y te repito que, por desgracia, si no lo haces tú hay otros cien tíos esperando a que les dejes tu puesto para hacerlo ellos. Así están las cosas y si queremos sobrevivir y trabajar en lo que nos gusta hay que aceptarlo. - las posiciones estaban claras y no era cuestión de seguir insistiendo. El silencio posterior se fue haciendo incómodo.
  • Si a ti te parece bien no tengo nada más que objetar. Allá cada uno con su conciencia.

Juan negaba con la cabeza aquel razonamiento, aunque intentaba comprenderlo. Era duro, muy duro aceptar que debías renunciar a tus principios, que debías trabajar a destajo, hacer cuatro empastes en media hora, plegarte a los diagnósticos que te daba un comercial ajeno a la profesión sabiendo que estas engañando a un paciente que ha depositado su confianza en tu profesionalidad, que cree firmemente en tu ética y honestidad. Aquella charla fue amarga para los dos, se abría un abismo inesperado en una amistad que hasta ese momento no habían tenido ninguna fisura, salvo las del futbol y aquellas peleas infantiles por cualquier fruslería que provocaba rabietas explosivas en Andrés, más consentido y mimado que su amigo. Un aire gélido penetró en sus gargantas y, tras mirarse un instante, supieron que algo se había roto entre ellos después de dieciocho años juntos. Se despidieron con un frío apretón de manos y el propósito de volver a salir en cuanto pudieran. Pasaron casi tres meses hasta que la casualidad o el destino hicieron que se volvieran a encontrar. Durante este tiempo Andrés conoció a una chica del barrio con la que salía durante los escasos ratos libres que le permitía su trabajo. Se enamoró perdidamente de ella, pasando a ocupar todos los huecos que, anteriormente, su mala conciencia se empeñaba en invadir. Le hablo en repetidas ocasiones de su amigo Juan, con el que seguía charlando de vez en cuando por whatsapp, aunque tratando de evitar los temas conflictivos y al que no quiso revelarle aún que una muchacha de ojos bravos, piel de canela y cintura quebrada, le había atrapado en su dulce tela de araña. Una tarde, paseando por el centro comercial “Plaza Norte” entraron en un Cortefiel que anunciaba rebajas de invierno. En la sección masculina Andrés se detuvo a mirar unas camisas de oferta cuando escuchó una voz que le resultaba familiar.

  • ¿Les puedo ayudar en algo pareja?

Se volvió hacia el dependiente y se encontró frente a frente con el sonriente rostro de su amigo Juan, impecablemente vestido con traje de Armani y corbata oscura a juego. Carolina no llegó a comprender el motivo de la extraña reacción de su pareja cuando, tras un largo silencio, sonrió dirigiéndose familiarmente al desconocido.

  • Nada que objetar – dijo, fundiéndose con su amigo en un abrazo prolongado que llamó la atención de los demás clientes.

 

 

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