Rigor mortis
Claudia estaba muerta, lo presentía desde que dejó de oír el crujido de sus rodillas al levantarse. La miraban con pena al principio, cuando supieron que se había arrojado al vacío. Que lastima de mujer, tenía que estar muy desesperada para quitarse la vida, con lo dichosa que parecía. Les contestaba que no, que se equivocaban. Era muy feliz en su incorpórea existencia ingrávida, a pesar de que su vida mortal había sido plenamente satisfactoria. Nació en el seno de una acomodada familia que le inculcó los principios y las buenas costumbres que regían su linaje. Disfrutó de su trabajo como economista y de sus dos hijas pequeñas, Nuria y Fátima. Estaba enamorada de su marido, Sergio, con el que compartía los mismos gustos por el cine, los restaurantes o los viajes. Habían llegado de Méjico recientemente, donde pasaron quince inolvidables días empapándose de la gente, los paisajes y la gastronomía. El cielo estrellado de Chichén Itzá, la algarabía de la capital DF y su Virgen de Guadalupe, los tamales, enchiladas, tacos y margaritas. Aunque a Claudia lo que más le impactó fue la cercanía de la gente con sus muertos, la intimidad, el contacto, la confianza, el dialogo y la mesa compartida con sus seres queridos del más allá. El beso de la muerte. En ese momento supo que ella había nacido para estar muerta y habitar en el corazón de su gente. Ahora había pasado la barrera y podía entrar en los sueños de sus hijas. Miraba en sus ojos y les hablaba al oído del silencio. Peinaba sus cabellos con reflejos de luna mientras creía escuchar en sus inocentes voces el cariño hacia los muertos. Intentó rodearlas
con sus brazos, pero era como abrazar una espiral de humo. Necesitaba sentir su contacto. Al despertar las llevó de la mano a dar un paseo, cuando el padre dormía. Atravesaron el parque, cruzaron avenidas, hasta que llegaron a la estación de cercanías. El tren llegó cinco minutos más tarde y las dos hermanas, cogidas de la mano, sintieron un leve empujón que las precipitó a las vías. El maquinista no pudo parar a tiempo la locomotora y un grito de horror rompió el silencio de la mañana. Por fin Claudia podía estrechar entre sus brazos, con toda su ingravidez, los cuerpos inmateriales de sus queridas hijas.

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