DÑA. BERTA

Viste Dña. Berta pantalón blanco, blusa a juego y una túnica floreada de vivos colores que le cuelga hasta el suelo. Te recibe con una supuesta sonrisa de porcelana, escondida tras su mascarilla de diseño a juego con el atuendo. El escáner de su mirada te chequea de arriba abajo para encuadrarte en su esquema jerárquico: pijo de primera, imitador de pijo, burgués con pedigrí, gañan aburguesado (o hamburguesado), profesional con gomina, comerciante, dependiente o mindundi. ¿Tiene usted reserva? Ante mi negativa y su breve chequeo, del que no salimos favorecidos, nos señala un sencillo velador alejado de la “creme”, en el que podemos picotear algo. Dña. Berta es una mezcla de marquesa entrada en años, madame y portera de finca, que nos abre paso a la Nueva Normalidad (NN) encarnada en su jardín de dioses, en el que pretendíamos cenar. Derrama gel hidroalcohólico sobre nuestras manos y, si estuviéramos en su lista de elegidos nos ofrecería su codo y nos acompañaría hasta nuestra mesa, desplegando su túnica al viento como un pavo real del paraíso. Desgraciadamente no hemos sido favorecidos con esta distinción. Una enorme terraza, repartida en diferentes ambientes, música en directo y unas espectaculares vistas que se pierden entre las vastas y verdes praderas de encinares y los impecables campos de golf, a los que se suma el esplendor de una puesta de sol de finales de junio, nos introduce en el bucólico y distinguido cuadro de la NN. Los pijos de jersey en la espalda y cinturón argentino se dan codacitos mientras ríen sin mascarillas a menos de un palmo de distancia. Todo es alegría y postureo, en donde no caben ya el recuerdo del dolor ni el de los ausentes. Un nuevo escenario del que hay que borrar los 40.000 muertos solitarios, apilados, congelados e incinerados, que han tratado de ocultarnos, tras una pandemia pésimamente gestionada. Dña. Berta, con su túnica desplegada al viento, nos da paso a la NN: mascarillas de colores, gel y codacitos risueños en un entorno paradisíaco en el que no hay cabida para las UCIs, los respiradores, los EPIs, los confinamientos ni las muertes sin duelo. “El verdadero odio es el desinterés, y el asesinato perfecto es el olvido”. Esta frase de Georges Bernardos viene al pelo. La primavera ha muerto, viva el verano.
Carlos Leopoldo García Álvarez
/image%2F1378407%2F20160611%2Fob_cb6976_10172749-705645582808213-1187000946099.jpg)