SINDROME DE ABSTINENCIA
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El abrazo puede ser dulce como un caramelo, suave como un peluche, relajante como el tranquimacín, necesario, obligatorio, inexcusable. El reencuentro, la despedida, el duelo, la alegría del triunfo que llega tras el esfuerzo, necesitan unos brazos amigos que rodeen nuestro cuerpo, nos envuelvan y se fundan por un instante en un mismo latido. Comparto contigo tu dolor, tu alegría, tu adiós, porque también son míos. Somos españoles, somos latinos y poseemos un mismo gen, el que nos hace adeptos al contacto, al tocamiento, al roce, para expresar nuestra empatía, el deseo de agradar, que va mucho mas allá de la mera formalidad del saludo anglosajón o la reverencia oriental. El abrazo, el beso latino confunde, desconcierta y azora al sueco o al teutón sobrio, distante, frío. El beso en estas culturas está reservado a la intimidad del trato familiar y puede ser interpretado con perversa o supuesta intencionalidad. El beso en nuestra cultura es la expresión máxima de un deseo mediante el contacto de la piel, la necesidad de unir las epidermis para transmitir, neurotransmitir, nuestro amor, el anhelo de agrado o el simple mensaje de que te considero algo más que un recién conocido. El beso es nuestro mejor antidepresivo, la píldora que nos hace inmunes al desaliento, que nos da energía para continuar nuestro camino, la luz en el fondo abismal de la noche. Por todo ello padecemos desde hace un año un doloroso, cruel y lacerante síndrome de abstinencia que, como al yonqui, nos tiene sumidos en un permanente estado de inquietud y ansiedad. Prohibido abrazos y besos, no tocar, do not touch, no hay manos que se junten, como alas de paloma, que se fundan en intercambio de calor, de cercanía. El abuelo no puede abrazar a sus nietos y eso agrava su soledad, el castigo al que le somete este maldito virus, la condena que se le impone, a pesar de conocer su inocencia. Una fría pantalla de ordenador le impide el abrazo y eso le desgarra. Tan sólo sus lágrimas se posan en la imagen del hijo ausente, del nieto anhelado. La vida sin abrazos, sin besos, es como una niebla densa que te envuelve el alma y que te impide ver mas allá de un palmo a tu alrededor. Las manos por delante, intentando encontrar el camino sin tropezar con los peligros que oculta la bruma. Ojalá que la ansiada la vacuna nos traiga la llave con la que poder abrir el portón de los besos. Aquí esta mi brazo para ser el primero. La luz se abre paso en la tiniebla.
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