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El burladero

DENTISTAS, EN LA BOCA DEL LOBO

22 Febrero 2021 , Escrito por lacosanostra

                                       

  La escena se repite a diario: el paciente se sienta en el sillón, me mira y pregunta ingenuamente, sin caer en lo absurdo de su duda: ¿tengo que quitarme la mascarilla, doctor? La respuesta es invariable: difícilmente podremos arreglarle la boca con ella puesta. Tenemos ya tan arraigada la necesidad de llevar puesta le mascarilla desde el momento que salimos de casa que nos cuesta trabajo desprendernos de ella, y mucho menos si tenemos a alguien delante. Los dentistas nos enfrentamos a diario al arriesgado, aventurado y temible reto de trabajar en la boca de nuestros pacientes a una distancia de veinte centímetros y generando en el proceso una amenazante pulverización de la saliva, provocada por los instrumentos rotatorios que debemos emplear en los tratamientos. No hay ningún otro profesional que esté más expuesto. Es cierto que la gran mayoría de nuestros pacientes no están contagiados, a diferencia de los sanitarios médicos, enfermeras y auxiliares que trabajan en los hospitales con enfermos de Covid, ya sea en planta o en las UCIs; sin embargo, los dentistas nos enfrentamos a la incertidumbre frente a cada boca. Tanto los sanitarios de los hospitales o los de atención primaria como nosotros debemos extremar las precauciones utilizando todo tipo de barreras que nos protejan del contagio. En este sentido los dentistas contamos con amplia experiencia en el campo de batalla de las guerras virales. Nos tocó combatir contra el VIH, un enemigo desconocido al principio, contra al que combatimos dando palos de ciego sin tener la certeza de si con cada paciente podíamos enfrentarnos a un portador, puesto que en muchas ocasiones lo ocultaban dada la estigmatización social que padecieron en los comienzos. Finalmente logramos salir victoriosos. También nos ha tocado batallar con los temibles virus de la hepatitis B y C, extremando las medidas preventivas para evitar los contagios. Todo este bagaje ha sido fundamental a la hora de afrontar esta pandemia. Aunque en esta ocasión hemos tenido que realizar grandes cambios e inversiones notables en material, vestuario e instrumental, así como adaptarnos a un estricto protocolo que debía asegurarnos, tanto la salud de nuestros pacientes como la nuestra. Todo ello ha dado excelentes resultados, hasta tal punto que podemos sentirnos orgullosos de tener una incidencia mínima en contagios profesionales, siendo los sanitarios que menos índice de mortalidad y de infectados ha padecido. Nuestras clínicas son espacios seguros que han permanecido abiertas durante todo el año, desde el inicio de la pandemia, sin que hayamos conocido ningún contagio de pacientes dentro de ellas. Esto viene a demostrar la eficacia de las medidas preventivas, siendo las mascarillas y la higiene de manos las dos medidas básicas, pues la distancia de seguridad no la podemos cumplir cuando trabajamos tan cerca de la boca. Cualquier persona que se proteja con una adecuada mascarilla (FFP2 en caso de acceder a transportes públicos o a espacios concurridos y cerrados), que la cambie con la frecuencia aconsejada y que tenga una correcta y reiterada higiene de manos, tanto con jabón como con gel hidroalcohólico, tiene asegurado en un alto porcentaje su protección frente a la amenaza del virus. En pocos meses habremos conseguido la deseada inmunidad de rebaño gracias a la eficacia de las vacunas, pero mientras llega sigamos manteniendo las medidas de protección sin decaimiento. Sería una losa sobre nuestra conciencia admitir que hemos sido los responsables de infectar a cualquier persona de nuestro entorno o a un familiar querido por no haber mantenido estas medidas o por habernos relajado en exceso durante esta última etapa. Llevamos un año de duro de restricciones, de renunciar al contacto, a tocar, a dar la mano, a besar. Un año sin abrazos. Un año que ha supuesto el cierre de muchos negocios, la ruina para innumerables empresas, la caída del turismo, de la hostelería, del empleo. Todo ello puede estar cerca de su fin si hacemos un último y necesario esfuerzo para que todo esto se convierta en un mal sueño, en la pesadilla que jamás debemos olvidar para que no se repita. Ya habrá tiempo para liberar nuestras sonrisas de la mordaza y de darnos todos los abrazos aplazados, que tanto anhelamos.

 

 

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