D. Félix Álvarez de la Vega
Cuando un gran hombre desaparece, el vacío que deja es de tales proporciones que no encontramos bálsamo capaz de rellenarlo. D. Félix Álvarez de la Vega fue uno de esos hombres grandes, grandes con mayúsculas, pero humilde también con mayúsculas, de tal manera que esa grandeza solo fue apreciada por las personas que le conocieron, miles de amigos y familiares que le trataron y disfrutaron de su compañía. Durante su larga trayectoria vital fue fiel a su doble esencia, a esa bicefalia que marcó su biografía desde los inicios de su juventud, que imprimió su huella con esa identidad dual y complementaria, me estoy refiriendo a su par condición de santo y sabio, dos cualidades que supo unir, amalgamar como las dos caras de una moneda en las que una no tiene sentido pleno sin la otra. Como aquellos monjes medievales portadores de la cruz y la pluma, del evangelio junto al libro de ciencia, supo maridar perfectamente su doble misión reflejada en la fotografía que más le define, aquella en la que aparece con alzacuellos, el cleriman y una bata blanca por encima.
Muy joven abandonó su querido pueblo de Cebolla, que a través de él se hizo famoso en toda España gracias a sus charlas, para comenzar sus estudios en Santiago. Previamente tuvo una dura experiencia en la milicia que le dejó secuelas físicas en el aparato digestivo, arrastrándolas durante toda la vida en forma de malas digestiones, hasta tal extremo que era conocido como el cura más delgado de todo el país. Tras terminar la carrera de Farmacia en la Facultad de Madrid, siguiendo una vieja tradición familiar, sacó la cátedra de Galénica a los 29 años a la vez que decía su primera misa. Sus trabajos de investigación sobre fitoesteroles y sus descubrimientos fueron publicados en las más prestigiosas revistas internacionales. Se ordenó sacerdote en el año 1950 siendo uno de los que comenzaron, junto al ya elevado a los altares San José María Escrivá, la tarea de fundar el Opus Dei, allá por los años cuarenta.
Trasladó su residencia a Pamplona, donde ha vivido desde entonces y donde colaboró de manera decisiva, junto a un grupo de entusiastas pioneros, en la promoción de la Universidad de Navarra y la Clínica Universitaria, que tanta fama ha adquirido a nivel mundial gracias a la calidad y excelencia en el tratamiento de muchas enfermedades, especialmente en el campo de la Oncología. Fue el primer Decano de la Facultad de Farmacia, cargo que ocupó durante 22 años. Creó la planta para preparación de medicamentos en la Clínica Universitaria, fue académico de la Real Academia de Farmacia, Medalla de oro de la Universidad de Navarra y medalla de plata del Consejo de Farmaceúticos.
Nos deja pues un hombre extraordinario que ha elegido el final de este largo invierno, en plena cuaresma de vacante papal y en el día en el que los cardenales se encerraron en la Capilla Sixtina para celebrar el Conclave del que saldrá el nuevo Papa tras pronunciar el consabido “Extra omnes”, para subir al cielo desde donde nos iluminara con su sabiduría y bondad. Un gran cura que ha aireado el nombre de su pueblo y el de Toledo allá por donde pasaba y al que siempre tendremos como referencia de una vida plena, consagrada a la tarea que eligió y supo llevar hasta el final: servir a Dios desde su trabajo de hombre sabio e investigador.
Hay una hornacina en los altares reservada para él por méritos propios.
/image%2F1378407%2F20160611%2Fob_cb6976_10172749-705645582808213-1187000946099.jpg)