EL AGUJERO NEGRO
Son escasas las ocasiones en las que coinciden la lluvia, el frío y el viento en Sevilla y, casualmente, la noche que eligieron para salir de marcha Sergio y sus colegas era una de ellas. Llovía con rabia desde lo más profundo de la noche y las fuertes rachas de viento hacían volar los paraguas. Pero, a pesar de todo, ni él ni ninguno de sus cuatro amigos faltaron a la cita. Recorrieron todos los bares de Triana que en un martes de resaca tras la Semana Santa estaban desiertos. Era una ciudad fantasma, fría, mojada y triste. Una de esas dos o tres noches al año en las que Sevilla está triste. Seguramente más por el final de la Semana Santa, que por la lluvia o el frío. A pesar de la borrachera, Sergio era consciente aún de que tenía que trabajar aquella noche, de modo que se despidió pronto de sus amigos y se perdió solo por un callejón de miedo y luto.
A las dos de la mañana llegó al obrador de repostería, empapado, cabreado y con jaqueca. Había bebido como una esponja y se le notaban la fatiga y las pocas ganas de trabajar. El jefe le dio una charla espesa por llegar con una hora de retraso y en semejante estado. Le ordenó secarse, ponerse el uniforme y comenzar de inmediato la tarea. Intentó despejarse metiendo la cabeza bajo el grifo de agua fría. Debía preparar toda la bollería antes de las seis.
Santa Brígida era uno de los obradores más prestigiosos de la ciudad y el que más bollos distribuía entre los bares y cafeterías del centro.
Pero Sergio no estaba esa noche en condiciones de sacar buenos artículos. La falta de concentración le llevó a cometer continuos errores en la elaboración de las bandejas de cruasanes. En una ocasión, al sacar el pañuelo de su blusón para sonarse los mocos, saltó una pequeña piedra de su bolsillo que fue a parar a la masa que estaba preparando. Ni siquiera se enteró. A Sergio le gustaba coleccionar pequeñas piedras blancas y redondeadas, de diferentes colores, que guardaba en los bolsillos de todas sus prendas y con las que creaba bonitos mosaicos.
Uno de aquellos cruasanes saldría del horno con un rígido premio en su interior, sin que Sergio pudiera presagiar su destino. Fueron unas bandejas desastrosas las que salieron de sus manos durante aquella noche ebria.
A las seis y media de la mañana la furgoneta que repartía los bollos llegó a la cafetería Los Arcos, situada en la mismísima plaza de San Francisco, uno de los establecimientos más concurridos a diario para desayunar.
El repartidor les sirvió lo habitual, dos bandejas de suizos, tres de magdalenas y una de cruasanes, casualmente la del lote defectuoso.
Era el día señalado, la fecha clave. El futuro de Dani dependía de lo que sucediera en las próximas horas.
Había dejado todo preparado la noche anterior para que nada le fallara en este importante día de su vida. A las diez en punto iba a ser recibido por Lourdes Sanz, la directora general de personal de unos grandes almacenes, los más importantes de todo el país. Si todo salía bien tendría un puesto de trabajo asegurado como relaciones públicas en el área de Sevilla capital y su provincia, algo que había estado esperando durante los más de diez meses que llevaba en el paro. Gracias a su curriculum vitae y a unas buenas recomendaciones el puesto lo tenía prácticamente adjudicado. Para ello era imprescindible acudir a la cita con un aspecto impecable, tanto en lo concerniente al rasurado y peinado, como a la indumentaria. Dani era de los tipos a los que les gustaba planificarlo todo, para evitar cualquier eventualidad de última hora. Tras un minucioso aseo y cuidadoso afeitado, se enfundó el traje gris oscuro de alpaca que había comprado expresamente para esta ocasión. Una inmaculada camisa blanca con gemelos y la corbata de rayas en suaves tonos amarillos, que eligió entre las más de veinte que se probó, completaban su terno. El amarillo era el color apropiado, estaba en perfecta armonía con el traje y la camisa. El conjunto le proporcionaba un aire moderno y elegante, a la vez. Era la imagen misma del ejecutivo emprendedor y dinámico que encajaba a la perfección con el perfil del trabajo al que aspiraba.
Entró en la cocina para prepararse un desayuno rápido y salir después, sin prisas, directamente a la cita. Calentó la leche, tomó el envase del café instantáneo y cuando se dispuso a servirse el azúcar hizo un gesto de contrariedad.
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Cariño, el azucarero está vacío, ¿dónde has puesto el paquete del azúcar?- preguntó a Laura, su mujer, que aún remoloneaba en la cama.
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Creo que se me olvidó comprarlo ayer, porque a nadie se le ocurrió apuntarlo en el tablero cuando se terminó.- respondió a la defensiva en tono de reproche.
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Bueno, es igual, desayunaré en algún bar del centro si llego con tiempo suficiente. Así me distraeré un poco. Hasta luego cariño- dijo acercándose a la cama para despedirse con un beso.
A esas horas la salida de Dos Hermanas y la entrada en Sevilla eran complicadas. El tráfico era muy intenso. Cogió la S-30 hasta llegar al Paseo de Cristóbal Colón, luego siguió por la calle San Pablo y, desde allí, por la de Zaragoza hasta llegar, por fin, a las cercanías de la plaza de San Francisco. Dejó el coche en un parking público, para evitar cualquier problema con el aparcamiento, tan frecuente en aquellas calles agobiadas de tráfico. Faltaba casi una de hora para la cita, cuando llegó junto al portal de las oficinas donde estaba citado. Decidió entonces entrar a desayunar en la cafetería Los Arcos, situada justo al lado. Eligió una tranquila mesa, con vistas a la plaza, para relajarse un poco y preparar mentalmente la entrevista.
Plantó su curriculum encima de la mesa con la intención de darle un breve repaso y pidió al camarero un zumo de naranja, café con leche y algo de bollería que fuera reciente. El camarero le recomendó los cruasanes, por su finura y exquisito sabor, recién traídos de la mejor fábrica de bollería de toda Sevilla. Dani aceptó la propuesta sin prestarle demasiada atención.
Mientras perdía su mirada entre el ir y venir de la gente, en aquella alegre plaza, empapada por la incesante lluvia caída durante toda la noche, el camarero le dejó sobre la mesa todo el pedido. Había tiempo y lo estaba disfrutando. Intentaba relajarse pensando en asuntos banales. Removió el azúcar dentro del café mientras echaba un vistazo a sus papeles y, de manera automática, cortó un pedazo del bollo y se lo llevó a la boca. Le pareció realmente exquisito. Mordió con ganas un segundo bocado y entonces ocurrió la tragedia. Sintió que algo duro le ocasionaba un repentino y fuerte dolor en uno de sus incisivos superiores, justo el mismo que le estaba tratando su dentista, quien ya le advirtió que mordiera con mucho cuidado hasta terminar de reparárselo adecuadamente. Abrió la boca, en una reacción mecánica y contempló horrorizado como caía un diente sobre la mesa, rebotando varias veces en el cristal.
Tras permanecer paralizado un instante, se levantó precipitadamente, corriendo desencajado hacia los lavabos con el diente en la mano. Era lo peor que le podía pasar, una tragedia digna de ser escrita por el más ingenioso de los clásicos.
Se miró en el espejo para corroborar su desgracia. El diente se había fracturado a nivel de la encía. El aspecto de su cara era espantoso. Salió como una furia, presa de un ataque de nervios y se dirigió al camarero que le había servido el desayuno.
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Oiga usted, ¿se puede saber que clase de cruasán me ha servido, que tenía una piedra dentro? Mire lo que me ha hecho, me ha partido un diente. Les voy a meter una denuncia que se van a enterar. ¿Cómo me presento yo ahora a la entrevista de trabajo con esta cara? – gritaba desesperado haciendo grandes aspavientos- Me han destrozado, han arruinado mi vida...
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Tranquilícese hombre, ¿cómo iba yo a saber que el cruasán tenía una chinita? Menuda faena tío, pero no se preocupe “pisha”, ese diente se pue arreglar, ahora mismito llamamos a su dentista y que le atienda urgentemente, verá como es menos de lo que parese.
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Ozú, Manolo, ¿le has metío un cruazán de semento a este hombre o que? ¡menudo piñaso! - comentó un cliente que había presenciado la escena desde la barra.
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¡Pero como voy a llamar a mi dentista si no abre la consulta hasta las diez y a esa hora tengo la entrevista! La he cagao tío. Esto no tiene solución, es mi ruina.- protestó casi sollozando, resignado a la evidencia.
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Mire, por que no prueba en la clínica que está aquí mismito a la vuerta. Abren muy tempranito. Venga, venga...- le condujo casi arrastrando hasta la puerta para indicarle la dirección – mire usted allí, a menos de sien metros, ¿ve ese letrero asul y blanco?, es la clínica Timal-Dent. Seguro que allí le solucionan el poblema. Vaya corriendo, que nosotros nos hasemos cargo del arreglo, no se preocupe.
Dani aprobó la sugerencia y salió veloz, tras recoger su curriculum, hacia la clínica dental, en un intento desesperado por solucionar aquella tragedia. << Esta clínica debe ser la que manda tanta propaganda a los buzones de casa. Si, seguro que es ella, ¿cómo decía el panfleto? Ah sí: “Venga a Timal-Dent, le dejaremos con la boca abierta.” Espero que sean de fiar>> Pensaba Dani acerándose al escaparate de la clínica, que se parecía mas a una tienda de electrodomésticos.
Tras una noche agitada, en la que se despertó varias veces a mirar el reloj, Oscar se levantó nervioso y feliz a la vez. Era su primer día de trabajo y no quería llegar tarde a la clínica. Su madre le preparó un abundante desayuno.
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Hijo, ¿no crees que vas a llegar demasiado pronto? Espérate un poco que te faltan casi dos horas para entrar.
Pero Oscar no escuchaba. Recogió el maletín con su bata blanca y sus zuecos y se despidió apresuradamente de su madre. Tenía que llegar con tiempo suficiente para averiguar el lugar exacto de los materiales y del instrumental, ordenado en los cajones y armarios del gabinete, que necesitaría para su trabajo. Tener todo controlado le daría más seguridad y podría disimular mejor su inexperiencia. Se iba a enfrentar por primera vez a un paciente sin tener a nadie controlándole. Toda la responsabilidad sería suya a partir de este momento.
Tan solo hacía dos meses que finalizó sus estudios en una universidad de Madrid, donde había vivido durante los últimos seis años, uno más de los que dura la carrera, al haber tenido que repetir el primer curso.
Oscar era un chico de buena familia, muy conocida en la alta sociedad Sevillana, Los Torres de Sigüenza. Vivían en la calle Santa María la Blanca, en el popular barrio de Santa Cruz. Manuel, su padre, era un hombre maduro, alto, de pelo casi blanco y porte aristocrático. Un sevillano de pura cepa, criado en el barrio de la Macarena, miembro de la Centuria de los “Armaos”, que acompaña, en la madrugada del Viernes Santo, a la imagen de la Macarena. Desde siempre a todos los varones de su familia, nada mas nacer, se les hacía miembros de la cofradía y socios del Betis, antes incluso de inscribirles en el registro civil.
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Ten mucho cuidado hijo, no vayas a meter la pata. Piensa que ahora no hay nadie para vigilarte ni corregir tus errores. Si lo ves muy complicado pide ayuda a tus compañeros...
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Vale mamá, no me des más la brasa, que ya soy mayorcito - respondió muy digno, despidiéndose precipitadamente de su madre.
Oscar no necesitaba trabajar para mantenerse, pero quería ganar dinero para sus gastos y caprichos sin tener que depender de sus padres. A los veinticuatro años, tras terminar sus estudios en Madrid, no quiso seguir estudiando ni hacer ninguno de los muchos master que le ofrecieron. Volvió a Sevilla y buscó trabajo en una de esas clínicas que funcionan con un sistema de franquicias y que están surgiendo como hongos en todas las capitales. Como es lógico, Oscar carecía de experiencia práctica en la profesión, pero al parecer esto no era ningún obstáculo para ser contratado por estos centros. Era más importante la sumisión que los conocimientos. Ya se encargarían ellos de enseñarle y dirigirle adecuadamente, orientándole acerca de los tratamientos que deberá realizar a cada paciente.
Esa mañana llegó muy temprano a su clínica Timal-Dent, situada cerca de la céntrica plaza de San Francisco, donde Montse, la encargada de la recepción y el control de auxiliares, odontólogos y pacientes, le puso al corriente en la ubicación del material, instrumental y todo lo que pudiera necesitar para desarrollar su trabajo.
A las nueve y veinte entró un hombre muy excitado y en un preocupante estado de ansiedad. Se dirigió a Montse buscando en ella la solución de su terrible problema.
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Mire, quería que me viera un dentista urgentemente. Se me ha roto un diente y necesito tenerlo arreglado en menos de media hora. Es un asunto vital para mí ¿pueden ayudarme?
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Tranquilícese señor- respondió con la mejor de sus sonrisas- creo que va a tener usted suerte. Tenemos aquí un dentista que ha llegado hoy más temprano de lo habitual y si no es muy grave el asunto, se lo podrá arreglar en poco tiempo. Todos nuestros especialistas son expertos en restauración, estará en buenas manos, no se preocupe.
Montse le llevó, en primer lugar, a un pequeño cuarto oscuro donde le hicieron una radiografía panorámica. A continuación entró en el gabinete acompañando a Dani y con su ficha en la mano, dispuesta a anotar toda la patología bucal que el doctor fuera dictándole. Ella se encargaría, a continuación, de sugerir los tratamientos más adecuados para rehabilitarle la boca, si el doctor no tenía inconveniente.
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Tiene usted cinco caries, además del diente roto, y en tres de ellas convendría hacerle endodoncias, colocar unos pernos y unas coronas de metal porcelana. Además le falta un primer molar abajo y lo ideal sería poner un implante para evitar los problemas derivados de su ausencia. Luego le prepararé un presupuesto y hablamos.
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Pero si mi dentista me ha visto hace unos días y solo me comentó que tenía tres pequeñas caries y que bastaba con empastarlas para dejarlas arregladas, ¿cómo es posible que ahora tenga todo eso que me dice?
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Quizás es que su dentista no le ha hecho una radiografía panorámica como nosotros, para ver con precisión todo lo que tiene su boca.
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Bueno, bueno, ya hablaremos de eso. Ahora lo que quiero es que me arreglen este diente. Necesito tenerlo bien para dentro de media hora, es lo único que me importa en este momento.
Oscar se hizo cargo del asunto inmediatamente. En un primer momento pensó en terminar la endodoncia ya comenzada por su dentista y a continuación colocarle un perno y reconstruir un muñón para adaptarle finalmente una funda provisional. Pero, dada su experiencia, esto le llevaría mucho más de una hora y no disponía de tanto tiempo. Tras mucho discurrir, mientras ordenaba y buscaba en material necesario, tomó una decisión drástica.
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Déjeme usted el diente fracturado que me enseñó antes- le pidió al paciente.
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Aquí tiene doctor.
Decidió que lo mejor sería ferulizar aquel diente uniéndole mediante un composite a los dientes vecinos. Un tratamiento rápido y sencillo, que le permitiría salir del apuro. Se puso manos a la obra, aunque no logró acabarlo con la precisión y premura que hubiera deseado porque su auxiliar le abandonaba continuamente y no encontraba nada de lo que necesitaba, ni tenían el material que requería.
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Montse por favor, échame una mano- salió del gabinete en busca de auxilio.- ¿dónde están las fresas de lanza?
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No tenemos de esas, doctor.
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¿Y un composite fluido de A2?
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Tendrá que apañarse con el único que tenemos- respondió la enfermera.
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Pero bueno, es que no hay nada en esta clínica, ¿cómo voy a pegarle el diente a este hombre?
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Bueno, bueno, haga lo que pueda y luego me lo pasa para que le explique el presupuesto, que es lo más importante.
Oscar pegó como pudo aquel diente y a las diez menos cinco Dani se levantó del sillón como un rayo.
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¿Cuánto es señorita?- preguntó nervioso.
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Pase un momento al despacho conmigo y le explico el presupuesto.- respondió Montse.
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Mire, dentro de una hora vuelvo y me explica todo lo que quiera, pero ahora no tengo tiempo de nada.
Dani pagó sin protestar los cien euros que le cobraron por pegarle su diente y salió veloz a la calle cuando pasaban unos minutos de las diez.
Estuvo a punto de batir el record mundial de los cien metros libres hasta el portal de las oficinas, donde le esperaban para la entrevista. Subió las escaleras de tres en tres, hasta el primer piso y preguntó angustiado a la recepcionista por doña Lourdes Sanz.
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Le está esperando en este primer despacho a mano derecha.
Entró jadeante, despeinado y con la corbata descolocada y se dirigió precipitadamente hacia ella pidiendo disculpas por su retraso.
Le extendió la mano y, en un impulso galante e irreflexivo, se la besó con tanto ímpetu y energía que aquella mujer la retiró presto, en un acto reflejo, atónita y dolorida por el impacto recibido.
Un pequeño objeto cayó entonces al suelo, rebotando varias veces en la tarima, pero ninguno de los dos se percató del detalle.
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Daniel Casado, para servirle.- dijo mientras levantaba la cabeza.
En ese instante Lourdes quedó horrorizada al contemplar el rostro de aquel patético ser, demacrado, desaliñado, sudoroso y con un gran agujero negro en medio de su estúpida sonrisa.
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