Los años rotos
Te presento la primera página del primer capítulo de la novela en la que estoy trabajando y que lleva el título de "Los años rotos". Se trata de un relato novelado de la guerra civil que transcurre en dos escenarios, por un lado Madrid capital y por el otro en un pequeño pueblo toledano. Estoy finalizando los últimos capítulos y espero tenerla terminada en un año.
El mundo se veía diferente desde la rama de un árbol. Encaramado en lo alto de su tronco, la realidad parecía transformarse y los pequeños problemas cotidianos se desvanecían como azucarillos en el agua.
El soplo fresco de la brisa le apartaba de la apatía y la desidia cotidiana, elevándole sobre el cielo para alejarle de todos aquellos infelices que no eran capaces de despegarse del suelo. Abajo todo era pequeño, insignificante, banal y aburrido. Pero en la cima del árbol las nubes engordaban, crecían hasta poderlas rozar, acariciar e incluso viajar sobre ellas sin rumbo hacia el rojo horizonte del crepúsculo. Oculto entre sus hojas se podía mirar sin ser visto, otear, fisgar, espiar, sin levantar sospechas. Todo lo que sucedía en el mundo inferior, se transformaba en algo emocionante y sublime. Incluso la monotonía del estío en aquel tranquilo pueblo toledano de Lucero.
Jaime se convirtió, en el inicio de aquel verano del 36, en un gran voyeur profesional, en los ojos y oídos de aquel esbelto árbol de generosa sombra. Un majestuoso ejemplar de “magnus roble albar”, plantado en el corazón mismo del pueblo, junto a la plaza del ayuntamiento. Grueso y arrugado, pero elegante, estaba allí desde siempre, sin que nadie supiera exactamente desvelar su verdadera edad. Era más viejo que el pilón y que las higueras de las cercanas huertas, mas que el puente del río y mas aun que el “ave bolo” que te soltaban continuamente los vecinos de Lucero, un pequeño pueblo situado a orillas del Tajo, en medio de una vega soberbia y generosa. Allí transcurrían los once años de Jaime, un muchacho de ojos limpios que empezaba a observar el mundo con la curiosidad de descubrir algo nuevo y la impaciencia de quien desenvuelve un regalo. Aquel verano cálido y rojo le clavaría sus garras para dejarle marcado. Un periodo épico que transcurría entre largos días amarillos y hechiceras noches de cortos vuelos.
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