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El burladero

PADRE NUESTRO

17 Abril 2011 , Escrito por lacosanostra

articulos-0669.JPG“Padre nuestro que estás en los cielos”. Así comienza la oración más universal de todos los tiempos. Eso fue lo que te clamamos en silencio, con nuestras lágrimas, el día que nos dejaste, convencidos de que si existe de verdad un paraíso o un nirvana, tú has llegado a él por la vía rápida y sin escalas intermedias, por derecho propio.

Te fuiste sin hacer ruido, de puntillas, tras unos generosos días en los que te arropamos con cariño y en los que nos diste lo mejor de ti, en los pocos momentos en los que podíamos arrancarte del profundo sueño que te arrastraba. Mamá fue tu consuelo y el nuestro durante esos días en los que nos reuniste a todos para darte fuerza y en los que la esperanza no nos abandonó en ningún momento.

Elegiste bien el día de partida, un jueves antes de la Semana Santa. Ya te oigo decir:”Así no molesto a nadie y os vais tranquilamente a disfrutar estos días”. También pensaste que la jornada siguiente era el Viernes de Dolores, apropiado para un entierro y, por tanto, para un adiós sentido, no solo por la familia y amigos, sino también por tus dos pueblos de adopción: Los Cerralbos y Cebolla. Fueron los dos mejores días de esta radiante primavera, desbordante de vida y color, con un sol espléndido que nos bañó de luz. Un magnífico 14 de abril. ¿CATORCE DE ABRIL?!!!Esa fue tu última broma también, con todo lo que has despotricado en tu vida contra aquella nefasta república, elegiste el día en el que se conmemoraba el 80 aniversario de su proclamación. Estoy convencido de que lo hiciste para que, de aquí en adelante, conmemoremos ese día como el de tu despedida y nos olvidemos así de tu odiada república. Un buen guiño. Tú que tan mal guiñabas el ojo cuando pillabas treinta y una en el mus, incapaz de disimular una sonrisa cuando te entraban tres reyes, has sabido, sin embargo, ocultarnos tus dolores, sufrimientos y miedos durante estos días blancos de hospital. No eras tan mal jugador como creíamos.

Padre nuestro que estás en los cielos, que durante tantos años nos procuraste nuestro pan de cada día, para alimentar nada menos que a ocho bocas insaciables, gracias a tu inagotable capacidad de trabajo. Tu vida ha sido dura, pero plena, desde que en tu salmantina Macotera natal fuiste aprendiendo el bello oficio de médico rural de la mano de tu padre, maestro del fonendoscopio, querido y admirado en toda la provincia. Con sangre de médico en las venas llegaste al toledano y apacible pueblo de Los Cerralbos donde te fuiste ganando el cariño y gratitud de sus vecinos con un trabajo en el que no existían turnos de guardia ni días libres, donde tus manos y conocimientos prestaban auxilio a todos, con el cartel de abierto día y noche. Los amigos eran ya tu familia y encontraste allí a tu compañera de viaje, en el pueblo  cercano de Cebolla. Era la hija del boticario y alcalde, que, además, tenía seis hermanos varones. Menudo valor le echaste.

Allí empezó la aventura de esta familia, en una casa de médico que se fue llenando de biberones, cunas y pañales hasta seis veces, durante esa etapa rural y alegre en la que correteábamos juguetones por las calles y donde cualquier vivienda era nuestro hogar.

Pero tú querías lo mejor para nosotros y eso conllevaba un esfuerzo titánico. Con seis hijos ya a cuestas y el compromiso de velar por la salud de todo un pueblo, decidiste hacer la especialidad de Estomatología en Madrid y así comenzó nuestra etapa en la capital, mientras ibas y venías por la carretera de Extremadura conduciendo aquel seiscientos blanco, épico y legendario, que recorrió carreteras y caminos de cabras, atropelló rebaños de ovejas y algún burro despistado, nos llevó de excursión al rio con el botijo y la tortilla, realizó viajes imposibles con diez pasajeros a bordo, maletas, fiambreras y cánticos, en el que nos daba tiempo a rezar el rosario, con letanía incluida, en el trayecto de Los Cerralbos a Cebolla, de apenas cuatro Km. y que, en su última etapa hacía de autobús escolar para trasladarnos a todos y, en ocasiones, a los amigos también, al colegio de las Mercedarias y al de San Agustín.

Nunca abandonaste el ejercicio de la medicina, tu verdadera vocación, a pesar de que, para salir adelante tuviste que ejercer como dentista, a “regañadientes”, sacando muelas, empastando y poniendo puentes a tus agradecidos pacientes. Todo un ejemplo de sacrificio por los demás.

Padre nuestro que estás en los cielos, siempre dispuesto a perdonar nuestras faltas, pues todos cometimos unas cuantas a lo largo de nuestra vida: travesuras, suspensos, desapegos, desprecios, prepotencias. A los forajidos y filibusteros, como nos llamabas, nos dispensabas las fechorías. Allí estabas siempre para ayudar, para despertarnos por las mañanas, vigilar nuestros deberes, recordarnos las obligaciones y tareas diarias, para corregir y olvidar nuestros errores.

Ahora más que nunca te vamos a necesitar y estamos convencidos de que te tendremos siempre cerca, dispuesto a echarnos una mano.

No nos dejes caer en la tentación de olvidarte.

Un beso papá.

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