PERDEMOS VELOCIDAD
Una de las últimas medidas tomadas por este “ocurrente” gobierno es la de disminuir la velocidad máxima en las carreteras, pasando a ser ahora de 110 Km/h, para que ahorremos gasolina. Ocurrencia que refleja con precisión la situación exacta de nuestro país con respecto a los de nuestro entorno.
Perdemos velocidad sin remedio. Alemania, a toda velocidad por sus autopistas y con menos siniestralidad, pone a tope sus locomotoras para tirar, desde la cabeza, de los más rezagados. Por la derecha y la izquierda nos adelantan países que se dedican a cosas más constructivas que en pensar cómo joder al ciudadano día tras día. Países que han desarrollado una industria, una investigación, una energía adecuada a las circunstancias y que han empezado, sin demora a luchar eficazmente contra la crisis, sin esperar dos años para reconocerla ni otros dos para pregonar a diario los brotes verdes, que solo ven algunos ministros/as. Nos hemos quedado a la cola con nuestra velocidad de caracol cojo, en el grupo de lo que nuestros queridos ingleses denominan los países PIGS, es decir los cerditos, los porquis, los perezosos, mugrientos, remolones, gandules, harapientos. Somos el rabo de este gorrino; a la cabeza está Portugal, con la soga al cuello, pendiente de rescate. Luego aparecen los ya rescatados, Irlanda y Grecia, con la barriga llena, pero sometidos a un régimen severo y, tras ellos, ocupando los cuartos traseros (el jamón de pata negra), Spain, que no tenemos ni quien nos rescate.
A la cola en velocidad y en todo, salvo en número de parados, casi cinco millones y aumentando su velocidad sin freno, pero con un buen fin, según la tesis del gobierno, cuya preocupación esencial es que ahorremos. Si no se trabaja tampoco se gasta y así conseguimos el objetivo final: ahorrar. Que el ciudadano no piensa en otra cosa que en gastar y hay que frenar esto como sea. Todos parados y así no gastamos ni gasolina ni energía.
Esta teoría anunciada por el señor vice Rubalcaba ha debido ser fruto de un exhaustivo estudio y de profundas reflexiones. Científicas tesis doctorales han concluido que la reducción de la velocidad en 10 km/h supone un ahorro considerable en gasolina para el conductor ignorante, que no es capaz de entender estos sesudos estudios. Claro que deben excluirse a todos los vehículos que circulen por la ciudad, que son mayoría, y debe tenerse en cuenta que estas condiciones solo son válidas si se mantiene la misma velocidad durante todo un largo trayecto. O sea una medida eficaz que va a provocar el temor entre los países productores de petróleo, por la enorme disminución que va a suponer en la importación de crudo.
A un señor periodista se le ha ocurrido, con muy mala idea, recorrer el trayecto de Madrid a La Coruña a 110 km/h y verificó la tesis del Sr Rubalcaba, se ahorró la considerable cifra de 2 euros aunque, eso sí, tardó una hora más en el trayecto. Tras este abrumador resultado hay quien le pregunta al Sr, ministro, con muy mala leche: “¿Por qué coño no me deja decidir a mi si prefiero ganar una hora de mi vida o ahorrarme dos euros? No dice usted que esta medida está pensada para que sea el conductor el que ahorre gasolina y que el gobierno no se ahorra nada con ella, pues señor ministro yo ya soy mayorcito para decidir si levanto el pie del acelerador para ahorrarme unos euros o bien sigo a la misma velocidad que antes y gano unas horas, mucho más valiosas para mi, en la vida. Se lo suplico Sr. Ministro, no piense ni decida por mí, ya lo hace para el gobierno del país y así nos va”.
Puestos a aprovechar mejor la energía no contaminante, ecológica y natural, para no tener que depender de los países productores de petróleo, siempre tan inestables subiendo el precio del crudo a su antojo, propongo utilizar la inagotable energía animal que a nuestros sabios antepasados tantos beneficios reportó. Disminuiremos con ella la odiosa velocidad, que tanto despilfarro conlleva. Desde ahora propongo que todos nuestros coches vayan tirados por mulas y burros (sin ninguna alusión) y “asín” conseguiremos los objetivos propuestos por nuestros abnegados dirigentes, reducimos la velocidad, el consumo y la siniestrabilidad, disponiendo de las enormes ventajas de viajar en nuestro cómodo vehículo. Solo queda un pequeño detalle, habrá que recoger los residuos sólidos que dejan nuestros animalitos, pero para solucionar a este problema ya se le ocurrirá algo a nuestro sesudo vicepresidente Rubalcaba, “como no podía ser de otra manera”.
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