TARDES DE DOMINGO
Plomizos como el viejo casco herrumbroso de un carguero varado en tierra de nadie, los domingos por la tarde se dejan caer con todo su peso de hastío, desazón, abandono y galbana, con un tufo a tiempo perdido, prorroga de fin de semana, callejón sin salida y un cartel de agotado atravesado en la espalda .
El momento de la reflexión profunda de sofá, tras la paella dominguera, la siesta flatulenta y los resultados futboleros adversos. Momento de aflorar las frustraciones y dejar que corra la memoria por los inútiles prados del destino. ¿Qué habría pasado si en aquel cruce de caminos hubiera tomado el contrario? Ejercicio absurdo que deja registro amargo en el paladar, cuando la realidad te devuelve al sillón perezoso como último refugio, trinchera desde la que aguardas la paz que nunca llega.
Una tarde pelma y fría que camina cerril, sin pausa, hacia el lunes indolente, para subir la empinada cuesta de la semana. Tardes de abandono, ardores de barriga y películas nostálgicas que siempre acaban antes de empezar.
Me voy con mi tarde acuestas, nazareno virtual entre facebooks, whatsapps y googles hacia el gólgota de la apatía. Al final concluyo con Beckett “No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza”
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