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El burladero

EL VIAJE

19 Agosto 2015 , Escrito por lacosanostra

 EL VIAJE

Le dijeron que debía recorrer setenta mil kilómetros para llegar a la ciudad soñada, donde tendría cuanto pudiera necesitar y viviría feliz y sin preocupaciones. La parte negativa era que el viaje debía hacerlo a pie, cruzando valles y ríos, montañas, desiertos y bosques espesos, en invierno y en verano, soportando cualquier temperatura. El muchacho se asustó con aquel reto, pareciéndole descomunal para una persona tan joven. No te preocupes, le aclararon, podrás hacer los kilómetros que quieras cada día y al final de la jornada descansarás en una lujosa mansión donde conocerás a gente que hace el mismo viaje, muchachos de tu misma edad, jovencitas atractivas, personas cultas y sabias con las que vas a convivir al final de cada jornada. El joven se preparó bien para realizar las marchas de manera segura, sin que le ocasionaran lesiones o dolores musculares. Una ropa adecuada, un calzado cómodo y apropiado y suficiente agua y comida para el camino. Era fuerte y joven por lo que decidió que cuantos más kilómetros hiciera cada día, antes llegaría a su destino. Treinta le parecieron asumibles. Pero sus jornadas resultaban agotadoras ya que pasaba más de seis horas caminando, con varios descansos entre medias y cuando llegaba a la mansión estaba tan cansado que lo único que deseaba era ducharse, comer algo y acostarse. No alternaba con nadie ni disfrutaba de los muchos placeres que el albergue ofrecía. Su objetivo era claro, llegar cuanto antes a la meta aunque fuera a costa del sufrimiento diario. Así siguió durante algunos meses, hasta que empezó a sentirse mal, agotado, exhausto y de mal humor, viendo que se pasaba su juventud sin tener tiempo para disfrutarla ni de tener amigos con los que divertirse. Pensó que podría hacer algunos kilómetros menos y así no estaría tan cansado al terminar la jornada. Rebajó en cinco su recorrido, lo que le permitió llegar una hora antes y charlar un rato con la gente que apenas conocía. Unas semanas más tarde pensó que veinte kilómetros diarios le darían mas tiempo libre y estaría mucho menos cansado para poder disfrutar de la buena comida, las distracciones y diversiones que el albergue tenía y que, hasta entonces no había podido experimentar. También tendría tiempo para estar con sus nuevos amigos, especialmente con una chica de ojos verdes y cabello negro con la que soñaba frecuentemente sin poder apartarla de su mente en cada paso de su recorrido. Como aquella vida que le ofrecía el albergue le gustaba mucho pensó que no tenía ya ninguna prisa en llegar a esa ciudad encantada, pues todo lo que deseaba lo tenía haciendo el camino. Fue reduciendo la marcha hasta llegar a los diez diarios. Le encantaba hacer ese recorrido de aproximadamente dos horas. Disfrutaba del paisaje aunque hiciera calor o frío, lloviera o nevara, eran unos momentos en los que que se sentía libre y su mente vagaba alimentada por las experiencias de cada día y el recuerdo de aquella joven, que le provocaba una mezcla de gozo y dolor, de ansiedad y un miedo irracional que le causaba el temor de no volver a verla. Le gustaría estar mas tiempo con ella, pero era difícil dado las diferencias en sus respectivos recorridos diarios y el tiempo que empleaba cada uno en hacerlos. Se preparaba para el momento del encuentro vistiendo sus mejores atuendos, afeitándose y acicalándose con esmero y recorriendo el recinto del albergue en busca de regalos y ramos de flores para lograr atraerla y conseguir enamorarla. Un día estaba tan embelesado y satisfecho con su existencia que decidió quedarse en la cama toda la mañana, comió, se engalanó y se olvidó de hacer los kilómetros de ese día. Cuando se dio cuenta era demasiado tarde, ella se había marchado ya y estaría en el siguiente albergue. Como de noche no podían hacer el recorrido esperó al día siguiente para salir temprano, pero cuando llegó ella había partido rumbo a otro albergue desconocido. Su dolor fue inmenso, entrando en una profunda depresión que le impedía concentrarse en ninguna otra cuestión. Abatido vagaba por el recinto sin ánimo para emprender otra nueva marcha. La gente pasaba e intentaba animarle pero su relación era muy corta, pues partían hacia su destino al día siguiente. El joven se acomodó y se fue haciendo mayor sin que le importara ya conseguir su objetivo de llegar a la ciudad soñada. Recorría algunos kilómetros cuando podía hacerlo, pero las fuerzas comenzaron a flaquearle en los siguientes años, hasta que llegó un momento en el que no podía casi caminar. Se quedó en el mismo albergue en el que, aunque estaba bien cuidado y no le faltaba nada, la gente pasaba día a día sin que pudiera establecer ninguna relación con ellos. Se olvidó de su ciudad de destino y su vida transcurrió sin dejar ninguna huella. Aburrido, triste, obeso y sin haber logrado el cariño de los que le rodeaban, murió mucho antes de lo que le tenía deparado el destino.

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