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El burladero

LA CASA DEL PUEBLO

30 Agosto 2015 , Escrito por lacosanostra

LA CASA DEL PUEBLO

Poder regresar, disfrutar y refugiarme unos días en la casa en que nací siglos atrás, es todo un privilegio. Algo impensable hoy en día, ya que hace mucho tiempo que no se nace en las casas sino en hospitales y clínicas frías e impersonales. Raro porque es difícil conservar una casa más de 150 años en buen estado, sin grandes modificaciones con respecto a la original. Entrar dentro de esta casa es penetrar en las raíces de la familia, en las mismísimas entrañas del pasado que sigue ahí, inmóvil, contemplándote desde cada rincón, desde cada baldosa de su suelo. Fue botica en la que se elaboraban ungüentos, cataplasmas, pomadas o sellos, preparados por la mano experta del abuelo Félix, venido de tierras serranas y frías hasta estas extremas llanuras de La Mancha. Cada uno de sus muebles, ventanas o puertas me introducen en una máquina del tiempo a través de la que puedo contemplar mi vida y recorrerla desde los primeros pasos. Toda la biografía contenida en su interior, desde donde me sigo viendo a lo largo de cada uno de los veranos. El espejo del baño es el mismo que reflejó mi imagen con diez años, aunque apenas me miraba en él. Es el que guarda en su memoria de espejo el reflejo de un joven veinteañero que se acicalaba solícitamente tomándose el tiempo necesario para terminar su obra, hasta conseguir el resultado perfecto que pudiera atraer las miradas de aquellas muchachas de piel de verano y ojos de lluvia. Este espejo es un Dorian Grey al revés, en el que yo voy envejeciendo al mirarme, mientras él permanece igual, atrapando en su interior todo mi pasado. Las mismas ventanas de cuarterones a las que he manipulado cierres de fierro, goznes y contraventanas de madera vieja, con pasadores y varillas recias. Paredes de un metro de anchura que conservan el frescor en plena canícula, cuando se queman las alas de los vencejos con el sol de julio. Armarios de tres puertas con espejos interiores que han guardado secretos de alcoba, encajes de seda y enaguas saladas. Puertas de madera y cristal esmerilado que preservan estancias blancas de altos techos. El zaguán de la entrada, por donde atravesaban las mulas cargadas de grano hacia las trojes del patio. Zaguán de piedras clavadas al suelo y recias puertas de madera de roble claveteadas y mil veces barnizadas. Escalera de losa y madera con baranda de hierro forjado, que subía de dos en dos con júbilo estival por las vacaciones recién estrenadas y ahora escalo lenta y pausadamente. La rebotica, con olor a formol y esencia de regaliz, testigo de tertulias nocturnas, siestas que detienen el tiempo, centro de encuentros y nostalgias. El patio primero con sus trojes, el pozo olvidado y la entrada a la bodega, sótano donde reposaban los vinos de año, anfitrión hoy de fiestas y jaranas. El patio de atrás con sus higueras, membrillos y un olivo de aceituna agria y dura. El desván en la última planta, diáfano y claro, que antaño guardaba tesoros en arcones roídos por la polilla, hoy es templo de arte, basílica de lienzos, escaparate de pinturas, caballetes, pinceles, junto a sierras y tornillos, para dar vida y forma a la materia, gracias al don supremo de la creación. Esta casa recia forma parte del paisaje del pueblo, enclavada en su plaza, pegada a un palacio de tronío heráldico venido a menos, junto a un modesto ayuntamiento sin gracia ni estilo. Ganando la batalla al tiempo ha sabido cruzarlo sin sufrir más daños que las grietas ocultas en sus huesos centenarios.

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