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El burladero

LUNA NUEVA

20 Agosto 2015 , Escrito por lacosanostra

LUNA NUEVA

El golpe fue brutal. Su cuerpo dio una vuelta de campana antes de pegar con la cabeza sobre el frío y duro metal de los raíles, quedando finalmente tendido boca abajo, como un pesado e inerte fardo, encima de las grasientas piedras que tapizaban la vía. Había intentado, tras una carrera desesperada, alcanzar el último vagón del tren de cercanías, que marchaba puntual y veloz, dejándole tirado en el andén de un triste y solitario apeadero, perdido en medio de la nada. Desde el otro extremo de la estación, alarmado por las voces impotentes de aquel infeliz, Tono pudo contemplar toda la escena, cuando se dirigía a la salida. El hombre corría desesperado por el andén gritando y levantando su mano en un inútil intento por detener un tren que se alejaba indiferente. De repente tropezó con su propia maleta y, trastabillando unos metros, cayó rodando hasta dar con sus huesos en lo más profundo de aquella maldita vía. Corrió a socorrerle seguido por el guardagujas que, igualmente, había contemplado la escena. Entre los dos consiguieron trasladar el pesado cuerpo de aquel hombre, con gran esfuerzo, hasta el único y medio desvencijado banco que existía en el viejo y humilde apeadero. Inconsciente, había perdido completamente el tono muscular y su cabeza caía sobre un costado, como una marioneta a la que han cortado los hilos. Lo primero que se les ocurrió fue comprobar si respiraba y latía su corazón, para lo cual Tono apoyó el oído directamente sobre el pecho de aquel desconocido, abriéndole previamente la camisa. Se tranquilizaron momentáneamente al comprobar que latía con fuerza y buen ritmo. Era corpulento, casi obeso, aunque de aspecto agradable. Debía rondar los cincuenta, a juzgar por sus canas, su frente despejada y las grandes bolsas de sus ojos, aunque su rostro sereno conservaba aún ciertos rasgos juveniles. El guardagujas corrió hacia su modesto despacho para solicitar ayuda urgente por teléfono, pero tras intentarlo sin cesar durante más de diez minutos desistió y regresó compungido y enfadado. No hay manera de comunicarse con nadie. La línea está sobrecargada, como siempre que se necesita con urgencia. Esto es una mierda. Alzó la voz, cabreado e impotente, mientras el muchacho colocaba con cuidado la cabeza del herido sobre su chaqueta, doblada a modo de almohada. Pues habrá que ir al pueblo a pedir ayuda. Este hombre está muy mal y puede pasarle cualquier cosa si no le ve un médico pronto. Contestó preocupado. Me acercaré a Sinarcas a buscar al médico y avisar a una ambulancia de Cuenca. Cuida de él hasta que vuelva y no te preocupes porque aquí no para ya ningún tren hasta mañana, dijo el guardagujas corriendo ya hacia el camino del pueblo. Aquel apeadero se encontraba perdido en el campo, equidistante de tres pequeños pueblos de la provincia de Cuenca, que en los últimos años se habían quedado casi deshabitados, por lo cual los trenes apenas paraban ya en él. Su estado era deprimente, medio abandonado y ruinoso. Las puertas de madera, astilladas y despintadas, eran incapaces de cerrarse y el reloj de pared, redondo y mudo, había detenido el tiempo de aquellas cuatro paredes y de toda la inhóspita comarca que las rodeaba. Tan solo el despacho del guardagujas conservaba algún mueble útil en pie. Tono se quedó completamente solo con aquel pobre hombre sin saber muy bien que debía hacer en tales circunstancias. Intentó torpemente tomarle el pulso, pero no percibía ningún latido en la muñeca. Finalmente optó por darle unas palmaditas en la cara con la intención de despertarle. Vamos, animo, despierte que ya vienen enseguida a curarle, le decía mientras palmeaba su cara. Tras varios minutos, durante los que fue subiendo el tono de voz y la intensidad de las bofetadas, súbitamente percibió que el hombre reaccionaba. De repente el accidentado abrió los ojos y se quedó como paralizado durante un instante. Confuso y aturdido su primer impulso fue echarse mano a la cabeza con un gruñido y un gesto de dolor. ¿Qué ha ocurrido? ¡Ay! ¿Qué me ha pasado? No puedo moverme, me duele todo el cuerpo ¿Dónde estoy? ¡Ay, ay! Balbuceaba de forma entrecortada con rictus de intenso dolor en su rostro. Tranquilo, tranquilo, no intente moverse. Ha tenido un accidente, se ha caído a la vía y se ha golpeado la cabeza, pero seguro que se va a poner bien muy pronto. Enseguida vendrá un médico para atenderle. Trató de tranquilizarle a la vez que le sujetaba para impedirle cualquier movimiento. El hombre intentó girar la cabeza hacia la persona que le estaba auxiliando, pero desistió con un gesto agudo de dolor. Me duele todo el cuerpo, susurraba ya más tranquilo. No consigo acordarme de nada. ¿Dónde estamos? Tono le miró aliviado, tras percibir que no parecía tan grave como pensó en un principio. Puede que tuviera algún hueso roto y que el fuerte golpe en la cabeza le hubiera ocasionado un trastorno en la memoria del que pronto se repondría. La tarde estaba dando sus últimos avisos y pronto, aquella luz cansada traería una noche de luna nueva, negra y silenciosa. Estamos en un apeadero del tren en medio del campo, a dos kilómetros de Sinarcas, un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca, le informó benevolente su cuidador. Pero, ¿qué hago yo aquí? ¡Dios mío! Perdido en medio del desierto y sin saber ni siquiera quien soy, ni como he llegado. Intentó levantarse de nuevo, movido más por la angustia que por la necesidad, pero Tono se lo impidió con un suave gesto, sujetando y acariciando su inquieta cabeza sobre la improvisada almohada. Es mejor que no se mueva, puede tener algo en la cabeza o algún hueso roto y lo mejor es que esté lo más quieto posible. Se ha dado un golpe tremendo y no sabemos las consecuencias que puede tener. El guardagujas ha ido al pueblo para pedir ayuda, porque su teléfono no funciona, le explicó con tono suave. Y ¿no tienen ningún teléfono móvil? preguntó el herido acordándose de pronto de aquel aparato, tan cotidiano para él. ¿Qué es eso del teléfono móvil? contestó extrañado el joven. Pero cómo, pensó, debo estar en el culo del mundo, ni siquiera conocen el teléfono móvil, que en la ciudad lo usan ya hasta los mendigos. De repente se percató de que podía recordar perfectamente algunas cosas o hechos puntuales de su trabajo o de su vida cotidiana, pero no lograba recordar su identidad, ni si tenía o no familia. Este hecho le sumía aún más en la confusión y el desánimo. A finales de agosto las noches se alargaban y el frío mordía sin piedad los huesos. Se miraron un instante como dos extraños en aquel absurdo paraje en donde no se oía ni el silencio. ¿Cómo se llama usted? Preguntó Tono, más por comprobar si iba recobrando la memoria plenamente o seguía sumido en su oscuro pozo de olvido. La verdad es que no recuerdo ni eso y me preocupa mucho. Me vienen imágenes a la cabeza, historias que no logro encuadrar en el tiempo y personas a las que no consigo identificar. Rostros familiares, de compañeros de trabajo o de amigos, junto a la barra de un bar, de niños saltando a mí alrededor. Todos ríen, hablan, juegan, caminan, comen o descansan junto a mí, pero no consigo identificarlos. Su cara reflejaba la angustia, el sufrimiento por el que estaba pasando en estos amargos momentos. Tono trató de calmarle, de distraerle, contándole cosas de su vida y anécdotas del verano que estaba pasando con sus amigos, en aquel tranquilo pueblo castellano. Yo soy de Madrid, pero he venido a pasar el verano aquí a Sinarcas, con mis tíos. Me gusta este pueblo y me lo paso genial con la pandilla de amigos que tengo aquí. Este verano ha sido fantástico, hemos hecho cantidad de excursiones. Casi todos los días nos vamos a bañar al río y en un par de ocasiones hemos ido de acampada a un bosque que está a unos veinte kilómetros de aquí. Fueron los días más divertidos del mes, nos pasamos toda la noche contando chistes y riendo sin parar alrededor de una hoguera. El hombre le miraba con benevolencia y cierta gratitud por el esfuerzo que el muchacho hacía para distraerle, aunque no le prestaba mucha atención. ¿Cómo me dijiste que te llamas? Ah! sí, ¿Tono verdad? Sí señor, Antonio Medrano González, aunque todos me llaman Tono. Veo que está empezando a recobrar la memoria, eso está bien. Espero que sí, dijo ya más calmado. ¿Qué edad tienes Tono? Se mostraba cada vez más interesado por aquel chico. Dentro de mes y medio cumpliré los veinte tacos. Tono dudó un momento, viendo al hombre con la mirada perdida y como ausente, si sería conveniente seguir hablándole de su vida, tratando de distraerle para evitar un excesivo ensimismamiento que le pueda ocasionar mayor preocupación y angustia o, por el contrario, callarse y dejar que su mente repose y vaya poco a poco encontrando las salidas de ese terrible laberinto en la que se encuentra inmersa. Decidió por fin, tras unos minutos eternos de silencio, hablarle e intentar alejarle, momentáneamente al menos, de su problema y que su mente vaya poco a poco recuperando los recuerdos, sin obsesionarse excesivamente con ellos. Este año he terminado el tercer curso de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid y, como he aprobado todo, mis padres me han dejado pasar aquí el verano. Me lo estoy pasado de cine, aunque si hubiera tenido algo más de pasta habría sido perfecto. Te gusta el dinero, eh? Le contestó con una media sonrisa y un guiño de ojo. Bueno, me gusta tener lo necesario para mis cosillas. Para ir al cine todas las semanas, para tomarme alguna copa y poder invitar a alguna chica de vez en cuando. Aunque, la verdad es que me conformaría con eso. No soy de los que están todo el día pringaos, matándose a trabajar para ganar más pasta, ni de los que se obsesionan por ganar millones y se pasan toda su vida intentando ganar más y más. Creo que la vida es para vivirla a tope y disfrutar al máximo con lo que tienes. Hay valores por los que sí merece la pena luchar de verdad como la amistad, la fidelidad, el amor, la sinceridad. Bueno, todo eso, ya me entiende. Terminó ruborizándose ligeramente por aquella confesión de principios. Ya, ya, todo eso está muy bien a tu edad, pero ya te darás cuenta de que lo único que vale la pena de verdad es la pasta y todo lo demás está muy bien cuando la tienes, pero cuando no tienes un duro lo único que te obsesiona es cómo poder conseguirlo. Llegarás a traicionar, a perder amistades e incluso a dejar de amar, tan solo por dinero. Lo único que recuerdo con claridad es mi amor a los billetes y que todo lo que he hecho en mi vida ha sido con un único fin: ganar dinero. Pronto te darás cuenta que con dinero puedes llegar a ser alguien en la vida, pero sin él no eres más que un bulto con ojos, un ser vulgar sin pasado y con un negro futuro. Aquella conversación le fue despejando y animando. Pues yo creo que a los hombres se les debe valorar por lo que son y no por lo que tienen, comentó muy digno Tono. El dinero no lo es todo en la vida, simplemente ayuda a cubrir mejor nuestras necesidades. Aquellas palabras le eran conocidas. Estaba seguro de haberlas oído muchas veces en boca de jóvenes idealistas como aquel que le estaba ayudando de forma desinteresada. Aunque tal vez no fuera tan desinteresada, especuló ladinamente. ¿Tú trabajas aquí en la RENFE o te han contratado este verano para ayudar a los pasajeros? Preguntó picado por la curiosidad No, no, he venido solamente para acompañar y ayudar a la tía de mi amigo Fede, que se marchaba a Madrid y no podía venir sola con tanto equipaje, respondió un poco extrañado por semejante pregunta. Como todo el mundo estaba ocupado, me he prestado yo para venir a acompañarla. Vaya, parece que te gusta ayudar a la gente. Supongo que te darán buenas propinas por ello. Pues no, esto no lo hago por dinero. Me gusta ayudar a la gente y sentirme útil. Entonces ¿a qué me habías dicho que te dedicabas? Ya le conté que soy estudiante. Este año empezaré el cuarto curso de Filosofía y Letras en la Complutense de Madrid, repitió con cierto tono de fastidio, viendo que aquel hombre no le prestaba demasiada atención. Ah! Filosofía, mm... yo también creo recordar que estudié alguna carrera de letras. Una gilipollez, por cierto, luego no me sirvió para nada. Recuerdo que aquella facultad era un nido de rojerío, en aquella época. No había más que melenudos harapientos soltando mítines todo el día, el amor libre y todo eso... Yo estoy afiliado al Partido Comunista, sentenció el joven con expresión y rostro severo. ¡Pero coño! No me digas que me ha estado cuidando un comunista. Esto es lo último que me faltaba por vivir. Su voz se convirtió ahora en un gruñido, en un reproche cabreado. ¿No sería más bien Derecho lo que estudió usted? Allí es donde están metidos todos los fachas, que salen de vez en cuando a repartir hostias a los demócratas, con sus bates de béisbol y sus cadenas. La conversación estaba discurriendo por terrenos escabrosos y podía llegar a ser incluso violenta. Tono estaba cada vez más sofocado. Oye niño, no te pases, que yo no recuerdo haber pegado nunca a nadie. Además si eres comunista no te preocupes, eso es como un sarampión que se acaba curando con el tiempo. Yo nunca los he comprendido, pero supongo que tiene que haber de todo en este mundo. Ahora, eso de que lo mío sea de todos no lo consiento ni bajo tierra. Mi casa es mi casa y mi coche mi coche y el que quiera compartir las propiedades que comparta las suyas o que trabaje como los demás para ganárselas, intentó acompañar sus palabras con un puñetazo en el respaldo del banco. Creo que está usted muy equivocado en su concepto del comunismo. Lo que pretendemos en realidad es que toda la riqueza esté repartida por igual. Que desaparezcan los ricos y los pobres, los obreros y patronos, los empleados y empresarios. Que todos tengan un puesto de igual responsabilidad en la sociedad y que sea el estado el que se haga cargo de la educación, la sanidad, las pensiones, la vivienda y de un puesto de trabajo adecuado a cada persona. Se le notaba convencido y seguro de todo lo que decía. Sabía que era algo utópico, pero no desistía de poderlo hacer realidad y no dejaría nunca de luchar por aquel ideal, que sería la única solución para salvar el mundo. Pero que tonterías estas diciendo, chico. En este mundo siempre habrá pobres y ricos, obreros y patronos, como hay altos y bajos, gordos y flacos, feos y guapos. Intentar que seamos todos iguales sería como hacer del ser humano un robot, una máquina o la ficha de un puzle gigante. Le arrancaríamos lo más valioso que posee: la libertad para escoger su destino, aunque sea el de dirijirse a un abismo. El muchacho se encogió de hombros como si lo que acababa de oír no le interesara para nada. Es inútil hablar con este facha, pensó, no voy a llegar a nada positivo y puede que se ponga peor si continúo revelándole mis ideas. La noche era cerrada y el frío se había instalado en el cuerpo. La ayuda tardaba en llegar más de lo que deseaban. El ambiente estaba enrarecido y ambos se miraban como si tuvieran delante un bicho raro, un ser tan diferente y lejano que parecía llegado de otro planeta. Seguro que ni buscándolo a posta se podría haber encontrado dos seres más diferentes en todo el planeta. Tono hizo un esfuerzo por conseguir algún punto en común con su amnésico interlocutor. Seguro que en algo debían coincidir y, si lo encontraba, la noche podría ser más llevadera. ¿Le gusta a usted el fútbol? Seguro que tiene algún equipo favorito, continuó antes de esperar la respuesta. El mío es el Real Madrid. El mejor equipo del mundo, ¿no cree usted? El señor X quedó pensativo un instante. El cambio de tema le pareció conciliador. Estoy tratando de recordar si tenía algún equipo favorito... Me debe gustar el fútbol porque recuerdo algunas tardes, frente al televisor, disfrutando de buenos partidos, vibrando apasionado con la victoria o decepcionado, en ocasiones, con la derrota. Entonces seguro que no es usted del Madrid, porque no decepciona casi nunca. Hemos ganado ya seis copas de Europa y la liga cae casi todos los años. Con un equipo así la verdad es que se les perdona hasta que sean un poco fachas, sentenció sonriendo con la mirada perdida. Pues ahora que lo dices, me da la impresión de que yo debo ser también del Madrid. Mira por donde vamos a coincidir en algo por fin. Empezaba a sentirse incomodo en el banco e intentó incorporarse suavemente, pero el dolor le sobrevino con el primer movimiento y desistió rápidamente. La impaciencia volvió a instalarse en ellos. Un lejano ruido familiar rompió de repente el silencio. Un par de minutos más tarde el TALGO de las diez atravesaba el andén a toda velocidad, sin reparar siquiera en el humilde apeadero. ¡Qué barbaridad! Ni que fueran a apagar un fuego, comentó Tono. Bueno, por fin veo un indicio de progreso en estos parajes, aunque parece un modelo algo anticuado. Tono no comprendió muy bien este comentario, pero continuó con su tarea de acercamiento a este extraño personaje, que iba ejerciendo sobre él una insólita y fascinante atracción. Lo mismo le ocurría al accidentado, que deseaba conocer más sobre aquel muchacho idealista e ingenuo, pero también desinteresado y generoso, que tenía a su lado. El aire olía antiguo, rancio, como llegado de un tiempo pasado y triste, respirado cien mil veces durante años y otras cien mil olvidado. La mente del Sr. X viajaba inquieta, queriendo llegar a su destino, pero temerosa de no gustarle lo que allí encontrara. Sabía que detrás de esa volátil cortina de niebla había una triste realidad, una rutina cierta, un sueño roto y temía levantarla. Por el contrario, era agradable sentirse sin pasado, sin lastre ni equipaje y contemplar, ante él, un camino sin huellas dispuesto a ser pateado. ¿Tienes novia? Le disparó de repente. Salgo con una chica de clase, aunque no es una relación formal. No me gustan los compromisos y, tanto ella como yo somos libres para tener cualquier otro tipo de relación- aunque bajó el tono de voz, lo afirmó con rotundidad. Pues no entiendo esa relación. Si sales con una chica tiene que haber un mínimo de compromiso y respeto mutuo. ¿Qué es eso de que pueda ir con otros? Tu chica es tuya y de nadie más. ¡Que se atreva alguien a mirarla! terminó amenazante. Tiene usted una idea muy posesiva de las relaciones de pareja. Yo jamás pensaría que me pertenece la mujer con la que salgo. Lo que más respeto es la libertad de cada uno. Ojalá fuéramos todos libres de verdad. Aquello se parecía mucho a un mitin asambleario. Hombre yo creo que no nos podemos quejar hoy en día de la libertad que disfrutamos. Este es un país libre, como dicen los americanos en las películas. Puedes hacer, pensar, decir lo que quieras, siempre que respetes a los demás, sin que te detengan por ello, dijo convencido. Creo que no estamos hablando del mismo país o quizá es que está más grave de lo que creía. El golpe le ha debido afectar seriamente a la cabeza. ¿Éste un país libre?... preguntó con ironía. En ese momento Tono divisó unas luces moviéndose a lo lejos, en dirección hacia ellos. ¡Por fin llegan! Parece que se acerca ya la ayuda. Pronto estará bien atendido en un hospital y seguro que se recuperará en poco tiempo. Era una especie de despedida cariñosa. Gracias Tono, nunca olvidaré tu ayuda y la compañía que me has hecho esta noche. Estoy convencido de que, aunque seamos tan diferentes en todo, tenemos algo en común en el fondo. Tengo la sensación de haberte visto antes, alguna vez o de haberte conocido en alguna parte. La ambulancia llegó precedida por una pareja de la guardia civil. Recostado sobre el banco, el Sr. X tan solo pudo ver la cara del médico cuando se aproximó a él. ¿Cómo se encuentra? preguntó jadeante, tras llegar corriendo desde la ambulancia con el maletín en la mano. Bueno, parece que me voy recuperando algo, pero me duele mucho la cabeza y la espalda, aunque lo peor de todo es que no se ni como me llamo. Eso podemos averiguarlo si lleva su documentación encima. Intervino el motorista de la guardia civil que acompañaba al médico. Un momento. Antes de nada debo hacerle un reconocimiento de urgencia. Ordenó el facultativo mientras le colocaba el manguito del esfigmomanómetro en el brazo y se colocaba el fonendoscopio en los oídos. El conductor de la ambulancia y su ayudante se acercaron con la camilla. Tras un primer reconocimiento el médico decidió introducirle inmediatamente en la ambulancia para salir lo antes posible. Vaya vejestorio de ambulancia, pensó el herido, y que uniformes más antiguos llevan estos guardias. Debemos estar en un pueblo perdido y atrasado en todo. Poco antes de partir le ofreció al guardia su chaqueta para que buscara su documentación. Tras localizarla en un bolsillo interior, la leyó en voz alta, desvelando por fin el nombre de aquel desconocido. Se llama usted Antonio Medrano González. Pero, ¡no puede ser! Es increíble, menuda casualidad, si tiene el mismo nombre y los mismos apellidos que yo, exclamó sorprendido Tono. Nació en Madrid el 13 de octubre de 1949. Esto debe estar equivocado, porque no creo que tenga usted veinte años. El guardia se mostraba extrañado. Es imposible, imposible. Esos son mis datos. ¿No habrá cogido por error mi carné? Tono estaba cada vez más nervioso. No parece, la foto es de este señor, comprobaba el agente, aunque puede haberlo falsificado. Pero ¿cómo que veinte años? si nací en el 49 y estamos a principios de siglo, haga las cuentas. El golpe me ha debido alterar, pero no me ha dejado tonto, contestó Antonio aturdido en su camilla. Debemos salir ya, dijo el médico subiendo ligero a la ambulancia. No puede ser cierto lo que me está pasando, pensó Antonio. Pero al instante se le iluminó la cara. ¡Ahora lo recuerdo todo! Me llamo Antonio y soy representante de vinos. Llegué ayer por la tarde, día 27 de agosto de 2002, a este pueblo de Cuenca y hoy tenía que haber estado en Madrid. No señor, replicó el doctor mientras se oían las risitas compasivas de los camilleros, el golpe le ha debido trastornar su sentido del tiempo. Estamos en agosto del año 1969. Aún queda mucho para el siglo próximo. Pero no se preocupe, pronto se recuperará y recordará mejor todo lo sucedido. Esto es un trastorno pasajero. Antonio se quedó paralizado en su camilla. No puede ser, no puede ser. Claro, ahora comprendo lo de la ambulancia, los uniformes antiguos, el TALGO, todo lo que me rodea es de aquella época. Este lugar me es familiar, recuerdo haber pasado un verano con mis tíos en la casa que tenían en Sinarcas, cuando cumplí los veinte años y que me lo pasé muy bien con la pandilla de amigos que conocí allí. Pero, entonces... entonces... el chico de la estación... no se atrevía ni a pensarlo. También me llamaban Tono de joven y era un muchacho idealista, vital, generoso... En ese momento la ambulancia llegó a la carretera general, aceleró y encendió la sirena rumbo a la capital. Era una magnífica autovía, muy despejada a esas horas, durante el tranquilo mes de agosto, por lo que la UVI móvil no encontró ningún obstáculo a su paso. El doctor hizo una llamada con su móvil para avisar de la llegada al hospital de un paciente politraumatizado semiinconsciente que había sufrido un accidente de automóvil, un “tráfico”, como ellos lo llamaban. Según relató la Guardia Civil, debió quedarse dormido al volante, en aquellas rectas solitarias e interminables, cercanas a Cuenca. El coche dio varias vueltas de campana y fue a parar junto al andén de un cercano y abandonado apeadero de la RENFE, medio en ruinas, donde debió pasar varias horas oculto, debido a la oscuridad de aquella noche de luna nueva, hasta que fue encontrado por un vecino del cercano pueblo de Sinarcas, con las primeras luces de la mañana. Aunque todos dieron por hecho que había tenido una alucinación como consecuencia del accidente, Antonio estaba completamente convencido de que lo que había vivido era tan real como las luces de su habitación o el monitor en el que aparecían sus latidos. Tuvo el privilegio de hablar con el joven que fue y aquella inviolable experiencia cambió el rumbo de su vida. A partir de entonces supo que, en adelante, no anhelaría tener sino que simplemente desearía ser.

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