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El burladero

CUENTO DE NAVIDAD:LA ESTRELLA

20 Diciembre 2016 , Escrito por lacosanostra

Cuando llega diciembre solemos levantar la vista al cielo para buscar, entre todos los astros del firmamento, la fulgurante Estrella de Navidad. En numerosas ocasiones creemos verla y hay quien, incluso, ve más de una. Son estrellas de neón repletas de luces, que muestran un camino a seguir. Una de ellas se dirige hacia un gran edificio, en cuyas plantas se agolpan los regalos: perfumes, juguetes, joyas, relojes, ordenadores, vestidos y todo tipo de deslumbrantes objetos. Si la estrella nos guía, debemos seguirla. La segunda se dirige a un gran mercado, en el que abundan todo tipo de exquisitas viandas: jamones, pavos, corderos, mariscos, besugos, turrones y dulces de todo tipo. Si la estrella nos lleva tendremos que seguirla. La tercera se posa en un selecto restaurante, en el que se sirven comidas y cenas exquisitas, además de disponer de una capacidad ilimitada para todo tipo de comensales. Si nos dirige a este lugar, tendremos que aceptarlo. Éstas son las estrellas que la gente normal y corriente suele ver y seguir. Son estrellas fugaces, que deslumbran con su potente brillo, pero que, por desgracia, se apagan demasiado pronto dejándonos en la más absoluta oscuridad. Hay quienes, por el contrario, ven una Estrella de Navidad diferente, una que brilla en lo alto, sin tanto fulgor, menos errática, pero con una larga y hermosa cola. Tan sólo un reducido grupo de elegidos son capaces de contemplarla, con sus curiosos y pequeños ojos. Todos ellos son niños, algunos viven entre las ruinas, despojos y escombros de ciudades como Alepo, tiritando de frío y miedo. Escuchan a diario el estruendo de las bombas y el martilleo de los disparos. No saben si verán la luz del día pero vislumbran, en su negra y gélida noche, el resplandor de la Estrella de Navidad y el camino que señala su estela. También la contemplan los niños que huyen de Nigeria, del Chat, de Sudan o de Argelia y que cruzan un mar oscuro y asesino en cascaras de nuez, siguiendo el sueño de su Estrella. Todos los niños que sufren en hospitales blancos la ausencia de un mañana, ven igualmente el brillo de la Estrella. Entre éstos pequeños gigantes de ojos claros hay dos muy cercanos. Uno es un niño grande, alto y delgado como el junco, de mirada limpia, que habita en un mundo de dibujos animados, ausente de una realidad que no comprende. El otro es un muchacho de 13 años, rubio como el trigo de junio, alegre, vital, valiente y maduro, que un día percibió como penetraba en su cuerpo, sin permiso, un viento de hielo negro que le arrebató la sonrisa para robarle el aliento y el trigo limpio de su pelo. Pero llegó diciembre y, como los otros chicos, vio la Estrella, la única, la auténtica, la que ilumina la Navidad y le da sentido. Su luz y su calor derritieron el hielo negro para dar paso a un nuevo día, el que le ha devuelto la sonrisa de los ojos. No mires arriba ni abajo, tampoco al este ni al oeste. Cuando quieras contemplar la verdadera Estrella cierra los ojos y mira hacia dentro, allí en lo más profundo verás unas luces que brillan y, si te fijas bien, distinguirás en ellas el rostro de éstos niños. Sabrás entonces que ellos son las verdaderas Estrellas de la Navidad, los que te indicarán el camino.

 

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