QUE SE INDEPENDICEN

Me enfrentó a sentimientos encontrados a la hora de abordar el problema catalán, la rabia, la impotencia, el malestar y la indignación afloran impetuosamente como el chorro que sale de la manguera del bombero tratando de apagar las llamas. Pero en el fondo, en lo más profundo y recóndito de mi ser, lo que encuentro es tristeza, una honda y amarga tristeza que nace de la incomprensión. Puedo entender que un pueblo que se siente nación quiera ser independiente y caminar solo tras su Historia, entiendo que llevan muchos años persiguiendo este sueño por encima de los lazos que puedan unirnos y que es sincero su anhelo, así como el convencimiento de que van a vivir mucho mejor, haciendo caso de la propaganda interesada en esta tesis. Todo esto puedo entenderlo, pero lo que me es incomprensible es la carga de odio que acumulan en su interior, ese odio que he visto estos días en los ojos de jóvenes, de ancianos, de gente normal que acude a diario a su trabajo, que tiene hijos y posiblemente algún pariente, amigo o conocido en el resto de la península. La ira se ha escenificado con violentas maneras hacia todo lo que huela a España. Y me acabo preguntando dónde irá a parar ese odio, esa ira, esa rabia, el día que alcancen su soñada independencia. Si de mí dependiera no lo dudaría, sería vuestra a cambio de mi paz, pero me temo que antes se derramarán muchas lágrimas.
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