EL ESCRITOR AMATEUR
En un país, en el que está científicamente demostrado que hay más escritores que lectores, escribir, como dijo el gran Larra, es llorar, especialmente si eres un escritor amateur: aquel que no vive ni pretende vivir de su escritura, pero cuya vocación le empuja a seguir haciéndolo a pesar de tener todas las puertas cerradas de antemano. El de la Literatura es un universo endogámico en el que los autores consagrados, como guardianes de la cámara del tesoro, impiden la entrada a cualquier intruso que ose atravesar sus puertas. Editoriales y agentes literarios se confabulan para el mismo fin y ni siquiera por las rendijas que dejan los premios literarios, concedidos de antemano, puedes penetrar en su mundo. A pesar de todo, una fuerza interior, un gusanillo insaciable, nos empuja a seguir en la tarea, motivados por tres anhelos, el primero el de satisfacer nuestro ego, el segundo un cierto deseo de trascendencia y el tercero la ilusión de ser leídos, al menos en nuestro círculo próximo, familia, amigos, compañeros y conocidos. Vana esperanza la mayoría de las veces. Unas semanas después de anunciar a bombo y platillo mi segunda novela “Frontera de los besos” hablé con un viejo amigo y, tras comprobar que se encontraba algo deprimido, quedamos en vernos esa misma tarde. Le llevé un ejemplar dedicado de la novela y charlamos durante horas. Al día siguiente por la noche recibí un mensaje suyo diciendo que había terminado la novela, que le había encantado y en quince o veinte líneas me hacía una crítica detallada. Tengo que reconocer que me emocionó. Había dedicado un día entero a leer las casi trescientas páginas de la obra y de este modo me enviaba un mensaje inequívoco: en prueba de mi aprecio no he tardado ni un día en leer esta novela en la que sé que has estado trabajando cerca de tres años. No necesito verme con este amigo a diario, ni siquiera durante meses, para comprobar la sinceridad de su amistad. Algo parecido sucedió con mi madre, aunque ella tardó mucho más tiempo en terminarla. Cada vez que hablaba con ella me confesaba que estaba enganchada a la novela y que aprovechaba cualquier rato libre para seguir leyendo. Es la mejor crítica que puedes recibir. Nada tiene tanto valor en nuestro mundo como el tiempo, porque sabes que es algo que no vuelves a recuperar. Cuando alguien te entrega su tiempo te hace el mejor regalo que puedas esperar, te está demostrando que eres valioso en su vida y que, a cambio, espera de ti algo parecido. Cuando alguien dedica su tiempo a leerme lo menos que puedo hacer es corresponder ofreciéndole el resultado de mi trabajo y procurar que esté a la altura de ese esfuerzo que hace por mí. En definitiva todo esto no deja de ser un test en el que sacas unas conclusiones muy claras, aunque dolorosas, con respecto a la familia, los amigos y compañeros, cuyo tiempo es muy valioso para ser desperdiciado o compartido. Lo entiendo muy bien. Sinceramente he de confesar que tan solo por estos dos apasionados lectores merece la pena el empeño dedicado a la novela porque, a fin de cuentas, para quien escribe realmente el escritor vocacional es para sí mismo.
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