VIA LIBRE

La oratoria es el arte de expresar una idea de manera convincente y elocuente, con palabras adecuadas que atraigan a la audiencia y la cautiven, incluso cuando no se esté convencido del mensaje que se defiende. Ningún político del actual elenco nacional domina este arte noble, del que hicieron gala pretéritas figuras de nuestro pasado parlamentario. En la actualidad las cámaras de representantes se asemejan a las corralas de comedias, en las que los actores interpretan su papel utilizando el lenguaje del vulgo, rastrero, ordinario y pobre, reflejo de la escasa altura de la que hacen gala los líderes que defienden los intereses de sus votantes. Una derecha acomplejada, incapaz de aplicar el 155 desde el comienzo del proceso independentista catalán, tras años de consentir ilegalidades y desprecio a la constitución, de permitir adoctrinamiento en las escuelas y la guerra de la lengua, con menosprecio a la libertad de elección por parte los padres para la educación de sus hijos. Una derecha que ha cedido a la pretendida superioridad moral de la izquierda en temas como el de la prisión permanente revisable. Que ha dado alas a lobbies como el de los gays y lesbianas o al de las feministas, que favorece al movimiento ocupa o a los sin papeles, pero se olvida de los dependientes y de los jubilados y que se acompleja ante la obligación de defender a las víctimas del terrorismo. Rajoy se ha quedado en el discurso económico, sin otro argumento con el que tapar las vergüenzas que la corrupción continuada le ha destapado, porque no ha sabido cubrirlas adecuadamente como ha hecho la izquierda con las suyas. Una izquierda anclada en un pasado guerracivilista, frentepopulista, revanchista, revisionista, que pretende reescribir la historia. Más pendiente de agradar a los populistas perroflautas de Iglesias que de atender a sus votantes. Un Pedro Sanchez desnortado, sin un discurso nacional claro, que trata de agradar a nacionalistas independentistas y etarras más que a las víctimas del terror. Una izquierda que no retiene a sus votantes de centro ni a los asamblearios de sus bases podemitas, una izquierda vacía y necia, carente de sentido de estado, que ha borrado la huella de los socialistas brillantes que les precedieron. Unos y otros han dejado expedito el camino a Ciudadanos, un partido virgen que, si sabe aprovechar su oportunidad, saldrá victorioso en esta España de ciegos en la que el tuerto sigue siendo el rey, con permiso de Letizia. La oratoria deja paso a la retórica pragmática a la hora de recoger el fruto.
Carlos Leopoldo García Álvarez
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