CENA DE NAVIDAD
Una masa pastosa se pega al paladar, sin recato alguno, provocando un angustioso momento de asfixia en el que compruebo la imposibilidad de hacer pasar el aire a mis pulmones. La violenta arcada, seguida de una sonora explosión, esparce sobre el mantel de hilo una perdigonada de pasta de almendra, mezclada con azúcar y saliva mucosa, recomponiendo el paisaje invernal de abetos, montañas nevadas y osos blancos dibujados en los cuatro metros cuadrados de la tela. No se libran la vajilla ni la fina cristalería, exquisitamente tallada en vidrio soplado. Enmudecen mis parientes, paralizados por el súbito y sorprendente acontecimiento. He conseguido interrumpir las campanas sobre campanas, los chistes de gangosos y las discusiones políticas. Hemos comido en exceso. Jamón, mariscos, cordero asado, besugo, vino tinto, blanco, champán, turrones, polvorones, mazapanes, todo revuelto en el estómago, rebullendo como las camisas y los calzoncillos en el tambor de la lavadora. Sandra es la primera que se levanta precipitadamente, sujetándose la boca con la mano derecha intenta llegar corriendo hasta el lavabo, pero no logra su objetivo. Una cascada brusca sale de su boca hacia la alfombra persa, salpicando los zapatos de la tía Berta. La estampida general remueve la mesa como un tsunami, estrellando varias copas a medio beber contra el ya maltrecho mantel de hilo. Caen sillas, bolsos y teléfonos móviles mientras, a empujones, se empeñan en salir los trece cuerpos a la vez por la estrecha puerta que da acceso al pasillo. Ojos desorbitados, mofletes hinchados y un revoltijo de gritos, vómitos y estertores pone la guinda a una dulce velada. Bebo un trago de agua para aliviar la garganta y agarro mi pandereta caminando hacia el belén. “Esta noche es noche buena y mañana es Navidad…”

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