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El burladero

In memoriam

30 Agosto 2019 , Escrito por lacosanostra

Querido Rafa,

Me dijeron que habías muerto y me negué a creerlo. No puede ser, me dije, y me acerqué a la morgue para comprobarlo. Efectivamente, tal como había predicho no te vi por allí, ya que el tipo aquel de la caja de pino, tan serio y formal, no eras tú ni mucho menos, sino uno que pasaba por allí. Esa ha sido tu última broma, una más de tu repertorio. Un guiño divertido hacia los que te conocemos ¿Rafa callado y sin moverse? Eso era imposible. Sabía que no eras tú porque esa tarde te vi paseando por el Parque de las Avenidas, tu territorio habitual,  tu hábitat natural en el que te mueves como el león en la selva, o mejor aún como un toro en la dehesa. Un toro como aquellos que disfrutas año tras año en la primaveral feria de San Isidro, con casta, trapío y bravura, tal como tú eres, bravo aunque seas Manso. Cuando terminaba la corrida nos reunías en Landecha, en la Avenida de Bruselas, lugar de culto gastronómico en el que tantas veces almorcé con mi querido amigo Joaquín, otro Miura encastado al que la vida le venía chica. La estrella culinaria era el codillo al horno, crujiente por fuera, sabroso y tierno por dentro, un manjar que deja huella en la memoria y en el paladar. Luego venían las copas en los garitos del barrio, que desplegaban alfombra y reverencia a tu entrada, como corresponde a gente de tu alcurnia. Gin Tonic y cigarrillos que matan poco a poco, aunque ya sabemos que tú nunca has tenido prisa. Eduardos también conoció tu generosa compañía y nosotros los cocteles que con gran profesionalidad preparaba el barman.

Aquí estás porque no te has ido, porque no eras tú el de la caja fría que en ese caluroso día de verano metieron en el horno, ni aquellas eran tus cenizas. Fue otro guiño más, un chiste de los muchos que te escuché desde aquel lejano día en que nos conocimos. Viniste a casa como médico porque yo me retorcía de dolor abdominal, que achacaba al cocido del día anterior. Me llevaste a la Cruz Roja de Cuatro Caminos donde, tras sufrir todo tipo de perrerías por parte de compañeros y amigos tuyos, decidieron que era una apendicitis aguda y que había que intervenir. Estaba retrocecal y tuvieron que sacarme todos los intestinos para dar con el apéndice infectado, que a punto estuvo de provocar una peritonitis. En el postoperatorio creía morirme cada vez que te veía entrar, porque se me abría la raja con tus chistes, malaje. En esta cicatriz, que llevo tatuada en el abdomen, estas y estarás tú siempre presente, como lo estás en la barra de Txangurro, cuando salíamos de la clínica y nos invitabas a las cañas con algún picoteo. Uno de mis pacientes estuvo a punto de ahogarse cuando te presentaste en el gabinete como un compañero médico y soltaste un chascarrillo mientras le empastaba una muela. ¡Que fuerte tío!

Te veo paseando por tu pueblo, Sotillo de la Adrada, caminando hacia tu casa después de habernos apretado unas patatas revolconas con sus tropezones de torreznos, regadas generosamente con cerveza. En el patio colocabas las chuletas de cordero en la parrilla, sin admitir ayuda de nadie. Nos agasajabas con el mejor de tus tintos y con un amplio repertorio de chascarrillos. Arriba, en tus aposentos, guardabas los tesoros más apreciados, un equipo de música profesional capaz de captar los matices más precisos de cualquiera de las sinfonías, operas o zarzuelas de tu abundante discoteca, digna del más refinado melómano. Tenías también  un capote de los que se tienen de pie sin andamiaje. No era un capote bordado de flores para hacer el paseíllo, de los que lucen y cuelgan en la barrera las señoritas con mantilla, sino uno de brega con el que se hace el toreo de salón y sobre todo el toreo vistoso del primer tercio de lidia, cuando el toro está entero y corretea por la plaza gallardo y suelto hasta que el capote lo para, templa y manda. Un capote de los que van al quite en los momentos de apuro, dispuesto a sacar al toro del caballo o quitárselo de encima a un compañero en peligro. Ese que sirve también para “echar un capote” cuando alguien lo necesita. Un autentico símbolo de tu personalidad. El capote de las chicuelinas, las verónicas, gaoneras o revoleras, el de la brega para colocar el toro en la suerte de varas o en banderillas, el que siempre has estado dispuesto a echarle a los demás.

Música, toreo, tabaco y vino, esos son tus cuatro puntos cardinales. El que quiera que se apunte. Una invitación a la vida con intensidad y alegría, como son y han sido las de tus cumpleaños en ese bareto estrecho y largo en el que agasajabas a tus incondicionales, tras recogerles en ese autobús surrealista con banda de música incluida. En la estrechez del recinto había cabida para los músicos callejeros que contratabas cada año, unos gitanos bullangueros con órgano y trompeta que provocaban la curiosidad de los peatones que paseaban por delante de la puerta. Juerga, jarana, comida y bebida sin límites, un cumpleaños que siempre dejaba en pañales el mío, que celebraba justo el día anterior. Difícil competir con tanto poderío. Se puede decir que contigo conocimos La Gloria, en sentido metafórico y literal. Ese bar que pasaba desapercibido para los no creyentes, en el que al fondo de la barra un señor regordete y amable con cara de San Pedro hacia verdaderos milagros gastronómicos para sus fieles devotos, en una cocina de un metro cuadrado. Allí estas tu, charlando en la barra junto a tus hermanos y a tu gran amigo Lalo, disfrutando de una buena ensaladilla rusa, unas berenjenas rebozadas y unas gambas con gabardina bañadas con un Marques de Cáceres Gran Reserva del 99, viendo en la tele como tu Estu le gana al Madrid en el último segundo y saboreando una faena de Talavante a un Cuadri bien armado en Las Ventas. Ya sabes, le dices al joven camarero, que donde esté una buena corrida que se quite el fútbol. Y los toros, responde el muchacho soltando una carcajada.

Espéranos en La Gloria querido Rafa, allí nos reuniremos bien apretaditos en la pequeña sala del bar, bajando las estrechas escaleras, para disfrutar eternamente de tu infinito repertorio de chistes, tapas, vino y alegría.

Carlos L. García Álvarez

 

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