El hostal

Es simplemente una noticia más, de las que completan y rellenan los telediarios. Noticias de accidentes, muertes, incendios, bombonas que explotan, desaparecidos, muertes anónimas en soledad que nadie reclama ni echa de menos. Nos acostumbramos a escucharlas como se escucha la lluvia tras la ventana, sin que apenas nos conmuevan ni nos causen tristeza o rabia. Seguimos comiendo o sesteando en el sofá, aceptando como inevitables las desgracias ajenas que resbalan sobre una coraza que el tiempo ha hecho cada vez más gruesa. Pero esta noticia rasga nuestra coraza y nos libra del letargo, zarandeando las profundidades de nuestras entrañas. Una madre mata a su hijo de cinco años y luego se suicida ahorcándose. El escenario es un triste hortal céntrico madrileño. Uno de esos lugares de paso en los que convives con el fracaso, la soledad y la melancolía, desde las grietas de una sombría habitación sin baño. ¿Qué indujo a esa madre a cometer un crimen contra el ser que más quería en el mundo, su propio e inocente hijo? A partir de aquí todo son especulaciones y teorías. La tomaban por loca los amigos, la familia, los compañeros de trabajo…todos la creían demente a sus treinta y cinco primaveras. Loca que no escucha, que no obedece, que va a su aire y desea ser libre. Los Servicios Sociales quieren quitarle a su hijo y eso no, no puede permitirlo, sería peor que arrancarle en corazón con las manos. Su hijo le sonríe al entrar en el hostal y le pregunta si van a ir a comer al restaurante. Claro que sí, iremos más tarde cariño. Salta y ríe sin miedo sobre la cama, mientras la madre se traga unas lágrimas que nadie verá, lágrimas de sangre que laceran su piel, pero ahora juega con el niño. Le da unas pastillas y, cuando cae rendido entre sus brazos, le arranca la vida con la almohada. Almohada de sueños, suave, mullida, mortal. Su cuerpo duerme lánguido el descanso eterno; reposará para siempre a su lado y nadie conseguirá arrebatárselo. Escribe unas líneas: Quitarme a mi hijo es peor que enterrarme en vida. Aquí está la loca, podéis llevaros mi cuerpo y el suyo, pero mi hijo estará siempre conmigo y nadie me lo puede quitar ya. Una soga al cuello le muestra el camino que recorrerá, sin miedo ni sombras, de la mano de su niño. Un furgón recoge dos bolsas negras, una grande, fuerte y otra suave y pequeña en la que aún se escuchan risas. Salen del hostal rodeadas de respeto y dolor. Dos bolsas de amor y risas.
Carlos Leopoldo García Álvarez
/image%2F1378407%2F20160611%2Fob_cb6976_10172749-705645582808213-1187000946099.jpg)