EL PASEO
El paseo es un ejercicio saludable, aeróbico y jubilar. Se pasea uno a sí mismo en un esfuerzo generoso y recreativo de manera introspectiva o bien en compañía del bastón, la parienta o el perro, cuando quieres que escuchen tus pensamientos, arrojados como aire exhalado y nuboso que sale de la boca en los eneros o tras darle una calada al ducados blanco-negro y macho.
El paseo es una práctica sana, siempre que no sea aquel que te daban en el guerracivilismo contra las tapias de cualquier cementerio. Uno pasea por plazas y campos como pasea por los años vividos, que es otro ejercicio, aunque anaeróbico e igual de cansino y natural.
En uno de estos paseos minuciosos por calles perdidas de pueblos en sombra, me encontré de frente un muro de ladrillo visto, que es aquel ladrillo que se deja ver sin esconder sus rojeces. Aunque, enfocando el cuadro, aquello era más bien un chalé o, para ser más exacto, un chalé que se repetía cien veces, como fotocopia ladrillar y esperpéntica. Una casita de muñecas multiplicada hasta perderse en un horizonte de chimeneas y gatos de tejado. Porque, en efecto, eran éstos los dueños de aquel mar enladrillado. Gatos pardos, siameses de aristocráticos andares y pelo suelto, persas de ojos rasgados amarillos, de lomos despintados, bicolores con largos bigotes dalinianos. Pero los más abundantes eran las familias gatunas de estercolero y descampado, negros con barriga blanca manchada, de mirada torva e inclinada. Gatas en tejado de zinc lamiendo patas y heridas por los rincones de unos adosados sin puertas, ventanas ni risas.
Eran los chaleses de la gente que había tirado su almazara paterna y ancestral, de los que habían cambiado el corral de gallinas, la troje del grano y cordón con chorizo colgante, la cuadra con vaca y burro que daban leche y calor en la noche de invierno, el gallinero o la pocilga con olor a estiércol y a siglos de sementera, de los que habían transformado, en fin, el hogar de leña, lumbre y puchero en un sueño de ladrillos, apartamento o chalé urbano plantado allá donde pastaban ovejas o el trillo con mula torva aventaba la parva de la era.
Finalmente el ladrillo tóxico y visto, fue a parar al banco malo, dejando el sueño en pesadilla, refugio de gatos, tumba de almazaras y nietos con hipotecas abiertas como heridas. Llagas sangrantes recién vistas en mi paseo por calles, años, sombras y humos exhalados.
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