INCOMUNICADOS
Una sucesión de gestiones realizadas por el personal incompetente de compañías telefónicas que gastan todo su presupuesto en publicidad para intentar engañarnos, ha derivado en el mayor y más prolongado periodo de incomunicación al que he sido sometido desde que tengo uso de razón. La situación, verdaderamente kafkiana, es digna de la más oscura y tétrica de las administraciones bolcheviques o de las más refinadas torturas ideadas por funcionarios burócratas nazis. El intento de cambiar los móviles y el fijo de una compañía telefónica de la de toda la vida a estas otras que anuncian ofertas irresistibles, me ha costado veinticinco días sin línea en los móviles y va para diez sin la línea del fijo, que solo funcionó durante los cinco primeros días para, tras una misteriosa avería, dar comienzo a este calvario al que estamos siendo sometidos, totalmente incomunicados y, lo que es aún peor, con la impotencia e indefensión propia del inocente al que condenan a muerte sin darle la oportunidad de defenderse. Tanto mi hija Beatriz como yo hemos pasado horas al teléfono intentando solucionar el tema. Primero tenemos que pasar el filtro de la máquina que te contesta sometiéndote a un verdadero test inquisitorial, hasta que consigues ponerte en contacto con un ser humano, bueno tan solo en apariencia. La mayoría de las veces cuesta poder comunicarse con este operador/ra que, no sé por qué razón, son casi siempre de origen latino-americano.
Tras exponerle el problema y media hora de espera en la que te ponen repetidamente la misma canción (otra especie de tortura) pueden suceder dos cosas, que te pasen con otro operador, al que hay que contarle otra vez desde el principio la misma historia, o que si no encuentra respuesta que darte opte por colgarte directamente y otra vez toca comenzar el mismo proceso. Así horas, días, semanas, sin llegar a comprender nada, con una sensación de rabia, indefensión e impotencia que supera en mucho lo que el mismísimo Kafka describió en sus novelas.
Mientras tanto aquí sigo, en pleno siglo XXI, encerrado en mi casa sin teléfono fijo, sin móvil y sin poder disponer siquiera de una pequeña conexión a Internet que echarme a la boca. Un aislamiento digno de cualquier monje medieval que, al menos, me ha servido para meditar sobre la enorme dependencia que tenemos de los medios y también de los incompetentes.
/image%2F1378407%2F20160611%2Fob_cb6976_10172749-705645582808213-1187000946099.jpg)