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El burladero

IONELA Y JULIÁN

8 Abril 2012 , Escrito por lacosanostra


El domingo 1 de abril, Ionela y Julián emprendieron el duro y penoso viaje de regreso a su pueblo: Filipestii de Pádure en la provincia rumana de Prahova, muy cerca del famoso castillo del conde Drácula. Tres días de penoso viaje cargados de maletas, bultos, recuerdos, dolor, impotencia y frustración,  recorriendo la próspera Europa de la que se han sentido expulsados.

 Cinco años atrás llegaron a este cálido país del sur, que les acogió con los brazos abiertos en pleno auge expansionista y euforia del ladrillo, para hacer los trabajos que los españoles no querían ya hacer. Fueron  participes, junto a cientos de miles de compatriotas y de otras variadas procedencias, de la locura colectiva del café para todos. Los Bancos, como la bruja de Blancanieves, nos ofrecían generosamente su atractiva, jugosa y tentadora manzana envenenada. Dinero para todos con el que sembraron bosques de grúas por toda la geografía nacional o con el que hacer realidad el sueño de una casa propia, que al despertar comprobamos que no podíamos pagar.

Todo fluía con normalidad hasta que un día llegó el tsunami de la crisis, explotó la burbuja inmobiliaria llevándose por delante con su onda expansiva  la locura del ladrillo, el cemento y el dinero para todos. Pueblos pequeños que habían tirado sus viejas casas familiares para levantar edificios repletos de pequeñas viviendas, inversiones en la playa o la montaña para especular, todo se vino abajo como un gran castillo de naipes en el que quedaron atrapados los más débiles. Los Bancos nunca pierden y para ellos fueron los fondos de rescate, se quedaron con los pisos y además embargaron las esperanzas e ilusiones de los que habían mordido su manzana.

Ionela y Julián llegaron sin nada a un país extraño del que no conocían ni sus costumbres ni su idioma. En un tiempo asombrosamente corto se hicieron un hueco entre nosotros, aprendieron a expresarse correctamente, se adaptaron a los nuevos hábitos y tradiciones, sin olvidar las suyas, se hicieron querer y respetar por su capacidad de trabajo, su honradez y su cariño hasta el punto de formar ya parte de nuestras vidas.

Pudieron ayudar con sus ahorros a sus familiares de Rumanía, a los que nunca olvidaron, pero estaban convencidos de que su futuro estaba ya en este país de adopción, donde encontraron amigos y nueva familia, a pesar de descubrir también no pocos contratiempos y desengaños.

Finalmente, la crisis acabó devorando todos sus proyectos, les chupó la sangre con más voracidad que el inocente Drácula de su pueblo, hasta hacerles regresar famélicos, con unas maletas repletas de frustración, de lágrimas, de tristeza, a la tierra que les vio partir hacia un mundo mejor, un país que les acogió cuando le convenía y les expulsó cuando estorbaban.

Gracias a todas las Ionelas y Julianes que han formado parte de nuestras vidas, ellos son el símbolo vivo de nuestro fracaso, su desengaño el nuestro y su esperanza en un futuro regreso deberá ser nuestra meta.

 

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