Cuento de Navidad
Se detiene un momento frente al escaparate del local, hasta que finalmente decide entrar. Cierra la puerta despacio a la vez que da las buenas tardes casi susurrando. Paloma interrumpe su labor con las agujas de tejer y mira por encima de sus gafas a la recién llegada. También Javi cesa la tarea de ordenar los paquetes de las bolsas que le han entregado hoy, para saludar a la mujer rubia y delgada que, inmovilizada junto a la entrada, no se atreve a levantar la vista del suelo.
Buenas tardes – contestan los dos a la vez.
Yo quería saber si se pueden dar algo para comer.
A pesar de su buen acento, el vocabulario y los giros delatan su origen. Los dos saben quién es la mujer que tienen delante, de aspecto frágil y mirada perdida, pero elegante y discreta, aunque su atuendo delate un deterioro evidente y el pelo un abandono mal disimulado.
Juliana, pongamos que sea ese su nombre, llegó siete años atrás procedente de la misma región rumana que otros muchos compatriotas, atraída por la fama de Cebolla, un pequeño pueblo del interior manchego en el que es fácil prosperar gracias a la renaciente y boyante industria de carpintería metálica y el boom inmobiliario y urbanístico creciente en todo el país. Dejó con dolor amigos y familia en su pueblo, sin saber cuándo podría regresar, aunque decidida a hacerlo algún día. En su nuevo pueblo de acogida encontró trabajo, amigos y una pareja con la que decidió compartir su vida. Todo hacía presagiar una existencia placentera, plena de esfuerzo, trabajo y tesón, pero recompensado por el cariño, el desahogo económico y tal vez los hijos que Dios quisiera darles.
Pero un rayo negro y frío cayó sobre el país de los sueños, convirtiéndolos en la más espantosa de las pesadillas. Quebraron los bancos, se frenó la construcción y el paro, como una ola de espuma seca y pandémica, avanzó por la geografía nacional sin que muro ni dique alguno fuera capaz de detenerlo. Juliana despertó del mal sueño sin empleo y sin marido. Sola, con esa soledad que te enciende las entrañas, rota por la pena y la impotencia, tiene que hacer frente a la evidencia: 600€ al mes de hipoteca. Una losa de granito que puede acabar por sepultarla.
Javi y Paloma se miran extrañados, aunque están ya acostumbrados a estas situaciones. Mucha gente viene por el local en busca de una ayuda para comer y a casi todos les cuesta mucho dar el paso, por lo que supone de vergüenza y reconocimiento de una necesidad tan primaria, cuando hasta hace poco vivían de manera holgada permitiéndose incluso algunos caprichos, como compensación a un trabajo bien realizado. Los había que, a pesar de pasar verdaderos apuros, se resistían a pasar por aquella escenificación de su fracaso.
Javier Garrido decidió hace tres años dedicar su local, situado junto al Ayuntamiento, a recoger los alimentos donados por todo aquel que pudiera hacerlo, para entregárselos a los que estaban más necesitados. Junto con Paloma Ampuero, que igualmente dedica su tiempo y esfuerzo a esta labor, compran los productos de primera necesidad en los almacenes mayoristas con la recaudación obtenida de las donaciones, para entregarlos a Caritas de Talavera o distribuirlos entre los que se acercan a su local en busca, no solamente de alimento sino de su cariño y apoyo, tan vital en ocasiones como el primero. Una labor desinteresada, generosa e impagable a la que ninguna institución se ha sumado. Una caridad entendida y practicada siguiendo fielmente las doctrinas y enseñanzas de la Iglesia católica, aunque en ésta ocasión su representante local se muestre al margen de ésta gran tarea cristiana.
¿Pero tú no trabajas en la casa de la “señora”?- preguntó Paloma con curiosidad y extrañeza.- ¿Es que no comes allí?
Juliana bajó la cabeza aún más intentando declinar la respuesta.
No puedo decir nada, perdón, pero me quedo sin trabajar.
Tranquila, no te preocupes, ahora mismo te preparamos una bolsa con todo lo que necesites. Patatas, garbanzos, lentejas, alguna lata de albaricoques y voy a mirar si queda algo de chorizo o morcilla, para darle sabor a los garbanzos. Y vuelve por aquí cuando quieras.
Muchas gracias, muchas gracias- repetía una y otra vez mientras recogía la bolsa y daba media vuelta hacia la puerta, limpiándose con el dorso de la otra mano una lágrima furtiva que le corría por la mejilla.
Paloma y Javi sabían donde trabajaba y no tardaron en averiguar sus circunstancias gracias a su compatriota Mariana, con la que se desahogaba a diario.
Trabajaba en casa de la “señora”, una mansión situada en el centro del pueblo en la que no había entrado la crisis. Mezcla de museo y tienda de anticuario, era la residencia de esta “señora”, que vivía en la soledad y aislamiento más absoluto, roto tan solo por las esporádicas visitas de sus hijos y nietos, a los que tenía terminantemente prohibido tocar ningún objeto de los que adornaban sus diversos salones. A pesar de que todo aquello, junto con su inmensa fortuna, había salido de aquel pueblo, ella vivía dándole la espalda, sin querer trato alguno con sus vecinos y alimentando el desprecio que había sembrado en todos ellos. Sabía bien que en las actuales circunstancias podía contratar para el servicio a quien quisiera, pagando un sueldo de miseria y así lo hizo con Juliana: 400€ al mes por cinco horas de trabajo diario, sábados y domingos incluidos. No tenía más remedio que aceptar, aunque no le llegaba ni para pagar la hipoteca y menos aún para luz, el gasoil de la calefacción o para comprarse comida.
Había mucho paro y necesidad, de lo que algunos se aprovechaban. La muchacha le pidió a la “señora” si podía comer en su casa, como era práctica habitual con el personal de servicio en todas las casas.
Claro que sí. Ahora cuando terminemos te daré lo que sobre- contestó con sonrisa cínica la “señora”. Cuando finalizaron todos de comer recogió en un plato las sobras de los comensales y se lo llevó a la cocina.
Aquí tienes tu comida- le dijo plantándole el plato delante de su cara
Gracias, ya comeré en mi casa más tarde. No estoy acostumbrada a comer los restos de otros ni la basura- contestó haciendo acopio de valor y orgullo. Aunque de origen humilde, había sido enfermera en su país y trataba de mantener su dignidad por encima de todo.
Como quieras, pero date prisa en recoger la mesa y preparar el café- respondió seca, dirigiéndose de nuevo al comedor.
La “señora” iba a la misa de los sábados por la tarde o a la de las doce del domingo, según se terciara. No saludaba a nadie ni nadie le saludaba a ella. Comulgaba e incluso aparentaba escuchar la palabra de Dios que, desde el púlpito, predicaba el señor cura. La caridad era un tema constante en la misa, al tratarse de una de las virtudes teologales más sólidas de nuestra religión, sobre todo en los momentos actuales de penuria y escasez. El cura se esforzaba en inculcar aquel concepto entre sus feligreses. La teoría la conocían bien los dos, pero la práctica la llevaban a cabo otros dos verdaderos cristianos, sin la ayuda de nadie.
La Navidad está próxima y Julia ha pensado pasar esos días, que son tan duros cuando se está lejos de los seres queridos, con su amiga Mariana. Se abrigarán bien con chaquetones y mantas, ante la imposibilidad de encender la calefacción, llevarán a la mesa una sopa de gambas, un pollo asado y algún turrón que consigan gracias la caridad del pueblo. Serán sin duda unas Navidades mucho más autenticas, a pesar del frío, la miseria y la nostalgia, que las que se celebren en casa de la “señora”, amodorrados con el calor de la mansión, atiborrados de viandas, manjares y regalos, pero con la tristeza reflejada en sus rostros, llenos de aburrimiento, tedio y hastío e incapaces de entonar un villancico que pueda alegrar el tenso ambiente que respiran.
Al fin y al cabo se celebra el nacimiento de un niño que pudiendo elegir la opulencia y el bienestar para venir al mundo, optó por el frío, el hambre y la miseria de un establo, aunque lleno de alegría, ternura y amor, dando una lección que aún hoy en día muchos no han llegado a comprender.
FELIZ NAVIDAD
/image%2F1378407%2F20160611%2Fob_cb6976_10172749-705645582808213-1187000946099.jpg)