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El burladero

Cuento de Navidad

4 Enero 2012 , Escrito por lacosanostra


No hay nada más gratificante en la vida que cambiar el dolor de un semejante por felicidad, aliviar un sufrimiento, calmar un llanto con tan solo una caricia, con una palabra de consuelo.

Todos nos sentimos bien cuando recibimos un sueldo por nuestro trabajo. El esfuerzo ha merecido la recompensa en forma de monedas y billetes que nos gratifican y cubren nuestras necesidades. Pero realmente el que ha experimentado la sensación de aplacar un sufrimiento ajeno no olvida jamás el reconfortante bálsamo que percibe dentro de eso que hemos llamado alma. Lo maravilloso del hombre es que puede elegir, optar entre el bien o el mal.

Hace poco vi una escena en la televisión que me dejó las carnes heladas. Una niña de dos años era atropellada, en una calle de Pequín, por una furgoneta. Su conductor, en vez de bajar para intentar auxiliarla y aliviar su dolor, optó por dar marcha atrás para volver a pasar las ruedas de su vehículo por encima de aquel pequeño cuerpo una y otra vez hasta asegurarse su muerte, por una cuestión de índole económico, al tener que hacerse cargo de su recuperación en el caso de resultar herida. Pero la pequeña no murió en el instante. Miraba atónita, sin fuerza ya ni para llorar, a los que pasaban a su alrededor sin detenerse para ayudarla. La gente bajaba la mirada o la desviaba hacia otro lado. Nadie quería ver el sufrimiento, nadie se acercó para abrazar el cuerpo de esa pequeña niña en sus últimos momentos de infinito dolor, nadie tuvo unas palabras de consuelo hacia ella mientras agonizaba. ¿Qué mal había hecho para recibir ese trato de sus semejantes?

 Sentí rabia y pesar, pero luego pensé que yo era uno más de aquellos que pasaban a su lado desviando la vista, de los que negaban un simple abrazo a una pequeña que se iba de este mundo sin entender nada, porque eso mismo estaba pasando a la vez en muchos lugares del planeta mientras muchos de nosotros seguimos pasando de largo.

Cuando pienso en los momentos en los que me he sentido más satisfecho como profesional y como ser humano me vienen pocos recuerdos a la memoria. Me he sentido bien cuando he recibido la recompensa económica por mis esfuerzos, pero lo que realmente me ha llenado de satisfacción son aquellas ocasiones en las que conseguí cambiar el dolor por alivio y que fueron pagados con una sonrisa. La mirada agradecida de esas personas es la mejor recompensa profesional y humana  que puede existir.

Cuando se reconforta un dolor, aunque no sea más que dando un abrazo, una caricia, un poco de tu tiempo o llenando el aire de alegría, es cuando uno puede sentirse bien consigo mismo.

No sé si existe Dios, me resulta difícil aceptar que alguien que tiene capacidad para evitar o suprimir el dolor, opta por permanecer ajeno y distante, por dejar que los acontecimientos transcurran sin intervenir en ellos. Creo más bien que cada uno llevamos dentro un dios, pero también un demonio. Somos nosotros quienes decidimos abrirle la puerta a uno u otro.

Hay una cosa que está clara, el hombre que atropelló brutalmente a esa niña difícilmente podrá dormir tranquilo el resto de su vida, al igual que el que pasa de largo junto a ella sin auxiliarla. En cambio el que obtiene la recompensa de una sonrisa a cambio de un abrazo, no olvidará jamás que su pequeño gesto sirvió para aliviar el dolor ajeno. Quizás no consiga salvarle la vida ni cambiarla, pero sí alegrarla, consolarla y, por un instante, hacerle olvidar su calvario. Esa niña morirá de todas maneras, pero lo hará sintiendo el calor de unos brazos y nosotros podremos llorar su muerte tras haberle dado lo mejor que tenemos, nuestro amor.

En estos días navideños es cuando abrimos la puerta a ese dios que llevamos dentro. Mi deseo es que esa puerta permanezca abierta durante el resto del año o mejor aún, durante el resto de nuestra vida.

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