EL OPTIMISMO COMO TERAPIA
A mi buen amigo Carlos Alonso
Los médicos, al igual que muchas personas, sabemos que el estado de ánimo de un paciente influye decisivamente en la evolución de su enfermedad. Eso explica por qué si dos enfermos padecen el mismo tipo de carcinoma, uno se salva gracias a la fuerza vital emanada de una voluntad férrea por sobrevivir, a la certidumbre de poder dominar su dolencia y a la fe ciega en poder superarla y el otro, por el contario, fallece al haber abandonado toda su esperanza, dejándose abatir por la tristeza y el desánimo. Los mecanismos que hacen que ese optimismo repercuta positivamente en nuestra salud son bien conocidos y han sido profundamente estudiados. Las personas pueden somatizar su estado de ansiedad o de estrés, ocasionando en su organismo verdaderos trastornos físicos. Esto mismo, trasladado a los acontecimientos y sucesos que transcurren a nuestro alrededor, puede llegar a alterar el resultado final de cualquier empresa.
Un buen amigo me dijo recientemente que mis artículos estaban bien en cuanto a su construcción literaria, pero que eran bastante pesimistas y negativos, o sea, dicho en “Román paladino”, que soy un poco cenizo. Tengo que reconocer que tiene toda la razón. Por muy mal que estén las cosas debemos intentar ver siempre el lado positivo de las mismas y ser optimistas. Al fin y al cabo la bolsa se mueve por estos parámetros, basta inyectar un poco de confianza en el ambiente para conseguir que suba como la espuma.
Eso es lo que todos estábamos esperando desde el reciente cambio de gobierno y es lo que Rajoy está ofreciéndonos en sus primeros pasos: Confianza. La misma que observamos en un ejecutivo que nos promete tranquilidad, seguridad y una gran dosis de optimismo, derivado de su gran profesionalidad. Esto debería ser suficiente revulsivo para que empecemos a ver con optimismo el futuro, con el convencimiento de que si hemos tocado fondo en nuestra economía, lo único que nos espera ya es mejorar la situación, como cuando uno se tira a la piscina y llega hasta el fondo. La manera más rápida de subir a la superficie es impulsarse desde el propio fondo hacia arriba.
A pesar de todo ello, deberíamos deliberar sobre aquello que le oímos decir en una ocasión al presidente Kennedy en los difíciles años 60: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregunta más bien qué puedes hacer tú por él”. En estos momentos podemos empezar por practicar el optimismo y recobrar la alegría y la seguridad de que, con la ayuda de todos, sacaremos este barco a flote.
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