EL CEREBRO EN EL BOLSILLO
El cerebro humano ha ido evolucionando de manera continua a lo largo del tiempo. Desde aquel primitivo homínido que descendió del árbol para comenzar un largo camino sin retorno, el cerebro ha ido aumentando de tamaño dentro de la cavidad craneal, y tanto sus conexiones neuronales como sus redes sinápticas se han multiplicado de manera exponencial hasta lograr los niveles de desarrollo intelectual, científico o tecnológico que tenemos hoy en día. Cada nueva experiencia, cada conocimiento que incorporamos, supone el desarrollo de nuevas ramas dendríticas que amplían las interconexiones. Todo ello, a pasos pequeños, hace que la evolución siga progresando.
Esto es al menos lo que venía sucediendo hasta que de repente nos hemos encontrado con un hecho insólito en el proceso evolutivo de la humanidad: El hombre del Siglo XXI ha paralizado el desarrollo de su cerebro por falta de uso desde que, gracias a la tecnología, éste no se encuentra ya en su habitual alojamiento craneal, sino en el fondo de sus bolsillos, bolsos o carteras.
La materia gris está ahora en los nuevos teléfonos, que denominamos “inteligentes” y otros variados artilugios transportables, que son los responsables de que nuestra mente esté sufriendo por primera vez en la historia un proceso involutivo. No necesitamos ya la memoria, pues en ellos anotamos todo lo que debemos recordar, siendo los encargados de avisarnos de cualquier acontecimiento o fecha que nos interese. Dentro de sus entrañas podemos encontrar todo tipo de opiniones, reflexiones o análisis referentes a temas de actualidad, que creeremos a pies juntillas sin cotejar ni evaluar su credibilidad, lo cual nos evita la engorrosa tarea de pensar o de tener ideas propias, algo que resulta fatigoso y que dejamos para esas personas extrañas y sospechosas llamadas intelectuales.
Con las recientes aplicaciones para la comunicación podemos enviar mensajes cortos y gratuitos sin necesidad de hacer algo tan fatigoso como hablar con amigos o parientes. Pero como también resulta dura la tarea de escribir, lo resolvemos con facilidad gracias al empleo de esas abreviaturas que patean la ortografía o bien con los atractivos simbolitos llamados emoticonos, que manifiestan nuestros sentimientos sin necesidad de expresarlos.
Recientemente escuché a un sujeto, de los que tienen su cerebro en stand by, decir que ya no necesitamos para nada esos objetos anticuados y “cansinos” llamados libros, porque todo lo que precisamos saber lo podemos encontrar fácilmente en la red, de modo que ¿para qué llenar nuestras estanterías con esas “antiguallas”?
Esto se va pareciendo cada vez más al mundo orweliano, de tal modo que la separación entre los que aún utilizan su cerebro y los que lo tienen en el bolsillo se va haciendo cada vez más grande. Pronto habrá una raza superior dominante y otra de robotizados abducidos por los juegos virtuales, el futbol y la telebasura. ¿Llegaremos a quemar todos nuestros libros, novelas, enciclopedias, diccionarios, tratados y libros de texto? ¿Para qué los queremos si está todo ya en Internet, incluidos los imbéciles?
El camino de vuelta hacia las ramas ha comenzado y el cerebro se va reduciendo dentro del cráneo desde que decidimos trasladar sus funciones a la máquina de bolsillo, de tal manera que si algún día la extraviamos nos encontraremos tan perdidos como un calamar en el desierto.
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