¡Mamá, quiero ser dentista!
Rufo Panadero quiso ser dentista desde el día que oyó por la radio la famosa canción de María Jiménez: “Tú que eres tan guapa y tan lista, tú que te mereces un príncipe o un dentista…” en numerosas ocasiones había oído decir aquello de “Hay que ver lo que ganan los dentistas, viven como jeques” a lo que otro contestaba “Normal, si te cobran hasta por pedir cita”
Sus padres, el tío Tomás Panadero, más conocido en el pueblo por tío Chuzo, mote heredado de varias generaciones, y doña Paca Garse, habían querido siempre darle estudios para que pudiera salir del pueblo y abandonar así la vida tan esclava que habían llevado tanto ellos como sus padres y abuelos, siempre trabajando en el campo de sol a sol, con sabañones en invierno y la piel abrasada en verano. Tenían la cara reseca y arrugada mucho antes de cumplir los cuarenta, con achaques de espalda, callos en las manos y una boca con media docena de dientes bailando, de color negro azabache que, en el caso del tío Chuzo, se hacía más evidente cuando esbozaba una sonrisa.
Aunque a trancas y barrancas, Rufo había conseguido superar el bachillerato, e incluso sacar un aprobado raspadillo en la selectividad, lo cual le impedía acceder a la opción de matricularse en las facultades públicas. Pero para todo había solución, estudiaría Odontología en una de las muchas facultades privadas que habían proliferado en los últimos años por todas las Comunidades Autónomas. Eligió una situada en Madrid, que disponía de residencia para aquellos estudiantes que venían de provincias y que admitía a todo aquel que pagara a tocateja su onerosa matricula.
“Bueno”, contestó el padre tras oír la propuesta. “Un poco caro me parece esto de hacerse dientista, pero se hará to lo que sea pa que mejores y tagas rico. Venderemos el huerto del camino la poza y con eso tiés bastante pa la carrera y el hospedaje, pero no quiero ná de lujos ni que te gastes un duro en beber un chato vino. ¿Tamos?”. “Sí, papa. Lo que usté diga. Yo na más que estudiar y venir al pueblo cuando tenga permiso”.
El estudiante resultó un poco zopenco. A pesar de que echaba tres o cuatro horas al día no le entraba bien la ortodoncia ni la prótesis, con su máxima intercuspidación y sus interferencias. Tras repetir un año y a base de jamones y lomos paternos, el muchacho consiguió sacar la carrera, no sin pegarle algún viaje más a los ahorros familiares.
Sus compañeros de clase se burlaban con frecuencia del pobre aldeano, aunque él siempre habló bien a sus padres de ellos. “Me han contado mis compañeros que la cosa se está poniendo mal para los dentistas” Les dijo un día. “Hay que ver, Tomás, lo bien que nos habla el niño desde questá en la capitá. Cómo se nota ya que tié estudios”. “Pos a ver si se nota de verdad y trae un duro a la casa de una vez”. El chico siguió con sus argumentos como si no hubiera oído los comentarios. “Pero claro, para ellos las cosas no son tan difíciles porque la mayoría tienen un padre o un tío dentista esperando para darles trabajo na más terminar la carrera. En cambio yo voy a tener que hacer un Máster para especializarme y poder así empezar a trabajar por mi cuenta”. “Pero bueno, qué es eso del martes o del miércoles. ¿Es que no tiés ya suficientes estudios?” Protestó el padre. “Deja al chiquillo, Tomás, que siempre andas refunfuñando. Si dice que necesita el martes, pues habrá que dárselo, coñes!” Contestó doña Paca. “¿Y eso en cuánto se traduce, eh? ¿Cuántas perras hay que soltar?” El chico no se atrevía a desembucharlo de golpe y quiso dar un rodeo previo para explicar la conveniencia, así como lo mucho que aprendería con esos cursos. “Pues verá usté, papa, yo quiero hacer un Master de Periodoncia y Cirugía pa que me enseñen a poner implantes y luego, cuando sepa bien, podré cobrar cada implante a 800€, con lo que amortizo enseguida la inversión”. La madre le miraba extasiada “¡ Lo bien que habla mi Rufo!”. “Tengo que hacer un curso que dura dos años, con prácticas incluidas”. El tío Tomás estaba ya impaciente ¡Pero me quiés decir de una puñetera vez cuántas perras vale eso!” “Pues en total hay que dar cerca de treinta mil euros”. Doña Paca se quedó muda con los ojos vueltos del revés, mientras su marido despotricaba hecho un basilisco por toda la habitación. “¡Veinte mil leuros, coño!” “¿Pero tú tas creído que somos el Banco España, o qué? ¿De dónde via sacar yo ese pastizal? Este niño me va a costar más que un hijo tonto. ¿Pero tú sabes las muelas que tiés que sacar para ganar treinta mil leuros, que son cinco millones de pelas?”.
Al final hubo que vender la finca que habían heredado de los padres de Paca para que Rufo pudiera hacer su Máster de dos años.
Cuando el licenciado llegó a casa de sus padres con la especialidad terminada exitosamente, se planteó un nuevo dilema en la familia: El niño quería abrir su clínica para empezar a ganar dinero a espuertas, como todos los dentistas. Sus padres, que en el fondo estaban orgullosos y querían presumir de hijo con clínica propia, sacaron todos los ahorros del Banco para hacer frente a los interminables gastos que comenzaron con la búsqueda de un local en un barrio céntrico y bien situado de la capital. El alquiler, las obras, el amueblado, diseño, los equipos, el material y los consumibles se llevaron una buena tajada del patrimonio. Pero aún quedaba mucho por delante: Había que sacar los permisos y eso requería tiempo, dinero y una paciencia infinita. El padre de la criatura no paraba de protestar. “¡Pero leches! Está bien que tenga que dar el permiso la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid, que es lo suyo, pero ¿pa qué tié que pedir tanto el Ayuntamiento? Que si no pué haber escalones, que si el pasillo tiene que ser ancho y la entrada al retrete más ancha toavía pa que pasen las sillas de minusválidos y tener un baño más de tres metros por tres, ni que fueran a hacer una asamblea tos los minusválidos con sus sillas. Que si te cobro más por los aparatos de aire y más toavía por los letreros de las puertas, hay que poner no sé cuántos extintores, las luces de emergencia, vamos, como si esto fuera el hospital provincial”.
La cosa duró más de cinco meses hasta que por fin se puso en marcha la clínica, no sin antes contratar a una auxiliar y los servicios de una gestoría que llevara las cuentas. Había que añadir los gastos de luz, teléfono, agua, la señora de la limpieza y los requisitos que exigía la Comunidad, que acabaron por sacar de sus casillas al bueno del tío Tomás. “Vamos a ver, hijo, entiendo que te pidan los papeles y to eso pa empezar, pero si entoavía no tiés ni un paciente, pa qué tanta historia con eso de la protección de datos. ¡Pero qué datos! Si no ha entrao un alma en la clínica. A quién vas a contar tú los datos. Y lo de los rayos, que tiés que llevar un chisme colgao pa ver tos los rayos que te dan y medírtelo tos los meses, si no has disparao ni una vez!” “Que sí papa, que el otro día le hice una radiografía a la señora de la limpieza que le dolía una muela. Le puse el delantal de plomo por si acaso”. El padre se mosqueó “¿No estará embarazá la señora esa?” “No papa. Ya le pregunté yo que si pensaba tener un hijo, pero me dijo que no, que lo que iba a tener era un nieto y que el embarazo era el de su hija y no creía que se fuera a contagiar su hija por echarle los rayos a ella”. El padre le soltó un sopapo. “Te voy a dar yo estudios, pedazo de alcornoque”. Le dijo mientras seguía revisando los papeles. “¿Y esto qué coño es, lo de la protección de riesgos laborales? Como no sea que se pueda caer de la silla la muchacha esta que se pasa el día entero sentá pa ver si suena el teléfono, no sé qué riesgos laborales son estos, leches!”. Estaba que echaba chispas paseando de un lado a otro de la clínica. “Y este aparato ¿Pa qué sirve?” Le preguntó a su hijo. “Eso es para medir si crecen o no las esporas después de hacer la esterilización”. “!Me cago en la leche! ¿Pero se pué saber cuántos chismes hacen falta pa abrir una clínica? ¿Por qué no piden también un chirimbolo pa descubrir dónde está el ecoli ese y así nos habrían dejao los pepinos en paz?”. “Pues todavía no te he contado ni la mitad de lo que exigen para todo esto”. “Pero si es más fácil abrir una central nuclear. ¡Me cago en la leche! Y pensar que hasta hace unos años, el barbero del pueblo nos sacaba las muelas sin anastasia. Y a tos con el mismo instrumento sin que le haya pasao na a naide”. “Hay que pagar también un seguro, una alarma con cámara por si roban y el Colegio”. “Pero ¿Cómo que el colegio, leches? ¿Pa eso has ido a la Universidad, pa terminar volviendo al colegio? Esto es ya lo que me faltaba por oír. Como no empieces a ganar dinero ya mismo, te cierro el chiringuito!”
Aplacado por la tía Paca, el impaciente Tomás siguió pagando unos quince mil euros cada mes durante un año hasta que se hartó y terminó con el ruinoso negocio de su hijo, que durante ese tiempo no había conseguido más que ocho pacientes entre familiares y amigos de la auxiliar, el portero de la finca vecina y algún que otro despistado. Y todo ello a pesar de haber sembrado todo el barrio con unas ingeniosas octavillas en las que se podía leer: “¡Clínica Dental Panadero, le arreglamos la boca por poco dinero! Le hacemos gratis una limpieza, una revisión, las radiografías y si viene este mes le hacemos dos empastes por el precio de uno y la primera muela se la sacamos sin coste alguno. Ah y de premio por traer un amigo se lleva un cepillo con pasta blanqueante. CLINICA PANADERO, LA MEJOR DEL MUNDO ENTERO”.
Su padre se encaró con él en la recepción de la clínica, delante de su auxiliar. “Se acabó el chorreo de pasta. No sé quién te ha dicho a ti que esto de ser dentista era un chollo. ¡Joer con el chollo! ¡Nos ha llevao a la ruina! Ya pués buscar trabajo desde mañana porque yo no suelto ni un duro más”. El Dr. Rufo bajó la cabeza sin atreverse a replicar, consciente de que su padre tenía toda la razón. A partir del día siguiente se dedicó a buscar trabajo repartiendo su currículum a diestro y siniestro por clínicas grandes, pequeñas, de aseguradoras y de franquicias. Al cabo de diez días recibió respuesta de una gran cadena de franquicias, las Sonrident, con más de trescientas clínicas repartidas por la geografía nacional. Las condiciones le parecieron un poco duras pero aceptó porque no tenía otra elección.
A partir de ese momento su vida cambió radicalmente para convertirse en la pieza de un engranaje que se asemejaba más a una cadena de producción en serie de maquinaria industrial que a un centro de salud bucodental. Desde las nueve de la mañana que comenzaba su horario laboral, no dejaba de empastar muelas, hacer endodoncias, extraer dientes, hacer radiografías o colocar prótesis, hasta las diez de la noche. Atendiendo a un paciente cada cuarto de hora, de tal modo que a los últimos de la jornada, les anestesiaba en un lado de la cara para hacerle el empaste en el otro; o le perforaba la muela de arriba en lugar de la de abajo.
Cuando terminaba el trabajo debía recoger y limpiar el instrumental, esterilizarlo y fregar el suelo de la sala, sin olvidarse de tirar la basura al salir. Algunos meses buenos llegaba a cobrar seiscientos euros, que, como no tenía ni tiempo de gastarlos, podía incluso ahorrar algo cada mes, siempre que no comiera más que bocadillos. Sus padres estaban preocupados porque apenas iba ya al pueblo más que por Navidades. Tras casi cuatro meses sin verle, decidieron ir a la capital a visitarle. Cuando su madre vio la habitación de la pensión en la que vivía tuvo que sentarse para evitar que le diera un soponcio. Una cama de hierro oxidado, una silla vieja, una mesa roñosa y un sillón desvencijado, era todo su mobiliario. En el armario empotrado guardaba sus escasas pertenencias.
“Pero hijo ¿En qué condiciones vives? Si esto paice una pocilga”. “No exageres, mamá, que no está tan mal”. El padre enrojeció de ira “¿Se pué saber cuánto ganas pa vivir asín después de eslomarte más de doce horas al día?”. El dentista bajó la cabeza susurrando la respuesta para que no se le escuchara bien “Algunos meses llego hasta los seiscientos euros, pero dentro de poco me pagarán algo más”. “¿Cuánto has dicho?” Gritó el padre. “¡Seiscientos jodíos euros por un mes entero de trabajo con jornadas de doce horas! ¿Pero qué mierda de paga es esa? ¿Y pa esto has estao estudiando tantos años y nos hemos dejao contigo tos los ahorros? Mañana mismo yastás haciendo la maleta y te vienes al pueblo a recoger tomates y melones. En una semana, trabajando la mitad de horas, vas a ganar más que en tol mes aquí. ¡Menuda profesión de mierda! ¿Esto son los dentista que dice tol mundo que ganan más que naide?”. Le soltó una colleja al doctor que casi le empotra en la pared. Rufo no protestó. “Deja al niño, Tomás, y no le des en la cabeza que tié que estudiar”. “¿Estudiar? Menudo zoquete. A este le viá dar yo un azadón pa que lo estudie”.
Al día siguiente muy temprano, Rufo caminaba arrastrando los zapatos por la acera con la mirada perdida y una maleta en la mano con destino a la estación de autobuses.
Carlos Leopoldo García Álvarez
Madrid, julio de 2011
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