LA JIRAFA ESTÁ TRISTE
La jirafa está enfadada porque en realidad es un jirafo. Se siente discriminado y ofendido cuando escucha que todos le llaman jirafa, así en femenino singular, como si él no tuviera derecho a su género, siendo ignorado como macho, al igual que todos sus compañeros jirafos masculinos. Están pensando seriamente, si es que un jirafo puede pensar, en elevar su protesta hasta las más altas instancias de las Sociedades Protectoras y Defensoras de los derechos animales. Su cabreo se eleva aún más cuando escucha a los humanos, en especial a esos que denominan políticos, hablar con esa pulcritud y respeto a las diferentes sensibilidades cuando aluden a los géneros, sin olvidar ni herir ninguno/ninguna. El jirafo se queda boquiabierto, muerto de envidia al escuchar esos delicados discursos: Señoras y señores, vascas y vascos, abulenses y abulensas, miembros y miembras en general. Otras veces rizan el rizo de la delicadeza genérica: sois sensibles y sensiblas, tiernos y tiernas por derecho/derecha, bueno esto último no sé si es así exactamente.
El caso es que el jirafo está triste e indignado, se siente muy macho y piensa que al denominarle genéricamente jirafa se está poniendo en duda su hombría jirafeña y eso no está dispuesto a consentirlo. Él es tan macho como el león, el tigre o el elefante, a los que sí se les llama por su género generosamente. A veces se pone a pensar desde su altura (es el animal de cuatro patas que piensa desde más alto) y sus elevados pensamientos concluyen en que hay otros animales que comparten la misma cuita. El mismo problema tiene su amigo serpiente, al que todos le ponen el “la” delante y no un “el”, como le gustaría, lo mismo le pasa a la cobra, al que nadie llama cobro o al pantero, el hormigo o el gacelo.
A este club del maltrato lingüístico y discriminatorio se han sumado también las hembras reivindicando su género, maltratado e incluso mancillado en ocasiones. Así les ocurre a las señoras del zorro o las del perro que junto a la culebra se sienten indignadas por la asociación de su respetuoso nombre con el de arpías pecaminosas, que nada tienen que ver con su digna conducta. Lo mismo le ocurre al macho, muy macho, de la mariposa al que algunos llaman mariposo con indudable malicia, poniendo en duda su incuestionable honor mariposil.
El jirafo y sus compañeros/compañeras, miembros y miembras del club maltratado por el género, han decidido entrar a formar parte de la izquierda hispana, ancestral defensora genérica en general y rescatadora de los derechos inherentes a la persona en lo referente a la denominaciones de género, que puede afectar a las sensibilidades de los vascos y las vascas o en general de la vasca, en sentido genérico y sin ánimo de ofender a nadie.
El jirafo está contento porque le han dado un escaño donde podrá defender al culebro, la zorra y la madre que la parió, que será otra zorra.
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