La tierra se cabrea
En los últimos años hemos podido constatar el gran incremento de fenómenos atmosféricos extraordinarios, cambios climáticos y movimientos sísmicos devastadores que nos mantienen en continuo sobresalto. Ni inviernos ni veranos son ya como los de antes, nieva en los desiertos, los polos se deshielan, los ríos se desbordan y a varios años de sequía le siguen meses de lluvias pertinaces que inundan campos, desplazan montañas de fango y ahogan pueblos enteros.
La Tierra retiembla por sus cuatro costados derrumbando ciudades, sepultando a la gente bajo toneladas de escombro, hambre y miseria, victimas del puñetazo de nuestro enfurecido planeta.
Tsunamis que arrasan las costas dejando un rastro de muerte y ausencia, ilusiones rotas, trabajo perdido. Huracanes con nombres propios que acuden puntuales a su cita anual con la destrucción y el duelo.
En definitiva, que hemos cabreado a La Tierra, harta ya de que usemos sus mares como el gran vertedero universal, de que sepultemos toda nuestra basura en el fondo de sus aguas, de que incendiemos y talemos sus selvas y bosques y de que arrojemos nuestros malos humos a su atmósfera hasta cegar la luz del sol.
Por más cumbres de Kyoto o de Copenhague que se celebren nadie está dispuesto a parar sus fábricas ni a cambiar el coche por la bicicleta. Los grandes países se resisten a rebajar su cuota de basura, los americanos porque quieren seguir siendo la cabeza del imperio y los chinos porque han comprobado las bondades del capitalismo, bajo la batuta comunista, y se niegan a renunciar a su diez por ciento de crecimiento a costa de mil millones de brazos obedientes y baratos.
Mientras tanto La Tierra seguirá pataleando, cada vez más fuerte, hasta que sea demasiado tarde para entender su lamento.
/image%2F1378407%2F20160611%2Fob_cb6976_10172749-705645582808213-1187000946099.jpg)