¿Que fue de la gripe A?
Ha pasado ya casi un año desde que aquel niño panchito de un perdido pueblo mexicano nos largara el virus puerco que hizo temblar los cimientos del mundo civilizado. Al muchacho lo adoraban en su pueblo, tanto que levantaron una estatua con su figura de triunfador viral. No sabemos si al puerco también le hicieron otra o se limitaron a comerse sus chorizos, panceta y jamón. El caso es que el famoso virus porcino sembró el pánico en el Orbe como si se tratara de la peste negra o de la peor de las maldiciones bíblicas. La OMS pregonó a los cuatro vientos sus maldades y le quitó su apellido “puerco”, más que nada para evitar la ruina de los porqueros y salvar, de paso el jamón de Jabugo, seriamente amenazado por la plaga. Se le rebautizó con el aséptico apodo de virus de la gripe A, e hizo ricos a los fabricantes de mascarillas. En todas las ciudades del mundo la gente salía embozada y huían despavoridos cuando cualquier vecino le tosía en la oreja.
Las fatídicas predicciones que la OMS lanzó, nos hablaban de miles de muertos al llegar lo más crudo del invierno. Se hicieron planes estrictos al comienzo del otoño, redoblando los esfuerzos sanitarios y se creó una gran expectativa con la llegada de la vacuna que sometería al virus maligno. Las autoridades nos recomendaron cambiar nuestras viejas costumbres de saludo para que, en lugar de darnos un par de besos o de estrechar la mano a los amigos, nos limitáramos a saludarnos al estilo Sioux, levantando la mano con la palma abierta y extendida, en señal de
paz. Hasta el Colegio de Médicos llegó a recomendar esta aséptica medida. Qué poco debían conocer las arraigadas costumbres de sus compatriotas. No me imagino a un grupo de amigos y amigas saludándose como si fueran el coronel Custer y Jerónimo en el instante de parlamentar, o a una madre recibiendo a su hija en casa con este peculiar saludo. Todo el mundo siguió con sus besuqueos, pasando e virus y plagas.
Se empezaron a contar los muertos, uno hoy aquí, otro mañana por allá, en un goteo alarmante, máxime cuando nos enterábamos de la predilección que el caprichoso virus tenía por los jóvenes, pues al parecer los veteranos tenemos cierta inmunidad y no somos del agrado del bichito.
Tras unos meses de tensa espera llegó la anhelada vacuna y el gobierno compró unos cuantos millones de dosis para que todos tuviéramos asegurado nuestro pinchazo. Fue recomendada a todas las personas de riesgo, pero los sanitarios, que pertenecen a este grupo, dijeron que mejor pasaban del picotazo, pues no acababan de ver claro la premura con la que salió al mercado esta milagrosa vacuna.
Llegó el invierno y de repente la gente pasó de morirse y los telediarios no contaban ya los fiambres de la pandemia. Aquellos millones de muertos que nos pronosticaron los agoreros de la OMS se quedaron en un número menor que el que deja cada año la vulgar gripe común, tan familiar como los cocidos o la matanza, cuando llegan las nieves.
Y ahí están los millones de dosis de esta oportuna vacuna, esperando posarse en algún hombro en vano. Pero el laboratorio de turno ya ha hecho una buena caja a costa de sembrar el terror universal, como pasó con las “vacas locas”, la “gripe aviar” y otras plagas mundiales, para cuyo remedio siempre tendremos alguna multinacional salvadora y altruista que nos venderá por millones sus pócimas milagrosas. Luego las previsiones se quedan en agua de borrajas y todos contentos. Lo malo es que algún día sucederá lo que en el famoso cuento de Pedro y el Lobo, llegará el virus de verdad y nos cogerá con el culo al aire y sin pinchar.
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